¿Qué es normal, qué es anormal en salud mental?

La salud mental debemos ubicarla en lo que denominamos las ciencias humanas. Porque se presume que el interrogante sobre lo normal y anormal va referido a la salud mental, obviamente, de los que tienen mente. Y de manera específica a la mente humana, sin menospreciar, sin embargo, que otros seres vivos tienen mente, también, infinitamente menos compleja que la humana. Si hablamos de salud mental nos referimos a los humanos dotados de mente humana susceptible de tener o no tener salud.

Rostro de mujer peculiar. ¿Qué es normal, qué es anormal en salud mental?

¿Qué se entiende por salud mental?

La Organización Mundial de la Salud (OMS) definió la salud mental, por primera vez el 22/7/1946. La definición de salud mental es «el estado de completo bienestar físico, mental y social, y no sólo como la ausencia de afecciones o enfermedades». Esta aseveración se recoge en el preámbulo de la Constitución de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que se firmó en esa fecha. Fue firmada por los representantes de 61 estados durante la Conferencia Internacional de la Salud celebrada en Nueva York. Constitución que entró en vigor en fecha 7/4/1948.

Este «estado de bienestar completo» no es considerado estático sino dinámico. En razón de la realidad biológica, física y química, de la realidad corporal humana, al igual que de la realidad mental y social. Todas ellas son dinámicas y se interactúan unas con otras, por mucho que puedan atravesar momentos estáticos -más largos o más cortos. En consecuencia, este estado dinámico de bienestar puede verse afectado y sometido a variaciones de distinto signo.

La salud física descansará sobre el correcto funcionamiento de los órganos, aparatos y sistemas del cuerpo humano. Dado que este buen funcionamiento aportará la energía adecuada para vivir la vida con satisfacción. Si se da, la satisfacción, estaremos dentro del estado de bienestar, mental, que debe permitir una vida de disfrute personal, de trabajo y de relaciones. En el ámbito de las relaciones saludables tiene lugar la salud social. Naturalmente, los umbrales de cada aspecto de la vida tendrán que definirse individualmente. No existen normas uniformes.

Con posterioridad a la definición de la OMS ha ido surgiendo la consideración del cuarto pilar de la salud integral: el bienestar espiritual. Muchos expertos en salud mental consideran que el bienestar espiritual es factor de salud, -no sólo mental-, dado que genera beneficios fisiológicos y psicológicos medibles.

¿Qué se entiende por normalidad?

En la etimología de la palabra encontramos que «norma», en latín, hace referencia a la «escuadra usada por los carpinteros y los albañiles». Escuadra que sirve para hacer líneas rectas. Igualmente, a la «regla, modelo, precepto, mandato o guía de comportamiento». «Norma» parece ser un préstamo griego de la palabra originaria «gnorímon», «lo bien sabido», «lo totalmente conocido». Así, el significado de «normalidad» se inscribe en esta historia etimológica de «rectitud», «regla».

En ciencias humanas la normalidad es considerada desde tres vértices. El estadístico, que consideraría la normalidad como lo que sucedería con mayor frecuencia dentro de una distribución dada. El sociológico, en el que la normalidad es una convención instaurada en un espacio-tiempo dado que, consecuentemente, puede cambiar. El psicológico, que evalúa la funcionalidad y la adaptabilidad ‘relativa’ del individuo a su entorno.

En resumen, la “normalidad” es más relativa que absoluta, más dinámica que estática. Si bien la normalidad es una referencia que no puede considerarse infalible. Si «el estado de cosas» -wittgensteiniano- cambia, la normalidad del nuevo estado de cosas también cambiará. Los hechos que se derivarán de este nuevo estado de cosas, será distinto y, en consecuencia, la normalidad estadística, sociológica y psicológica.

En salud mental el criterio último puede venir definido por el vértice psicológico y, en definitiva, por la autovaloración individual. Será el propio individuo quien pueda estar en condiciones de evaluar si su estado es normal o no. Ciertamente, si hablamos de salud mental, sin embargo, debemos tener en cuenta a los agentes de la salud mental, a los profesionales de la salud mental. Somos seres comunitarios, dialogales. Así, la autoevaluación de normalidad individual deberá encontrarse, verificarse, en la situación relacional del individuo con los agentes de salud mental comunitaria. A menos que el individuo haya renunciado a la vida dentro del sistema.

¿Qué se entiende por anormalidad?

Si aplicamos los tres vértices mencionados, la anormalidad vendría definida, sociológicamente, por lo que queda fuera de la norma establecida. Estadísticamente, por lo que queda en los extremos de la distribución de frecuencias, en una campana de Gauss, por ejemplo. Psicológicamente, por lo que el individuo consideraría anormal. Sin embargo, salvo el vértice estadístico que es incuestionable, los datos son datos estáticos, los otros dos vértices son más dinámicos.

La perspectiva sociológica aporta una evaluación normativa que está sometida a un “tiempo y espacio” concreto y que no está exenta de pluralidad. Frecuentemente, el pluralismo está presente en un «espacio-tiempo» determinado, por lo que lo que se conviene «normal» no es una convención absoluta, unánime. Más bien es relativa y sujeta a crítica constante. Lo que el poder hegemónico establecido considera normal, la oposición al poder puede discrepar, y viceversa.

La perspectiva psicológica abarca dos dimensiones: la individual y la comunitaria. La del individuo que se autoevalúa y la de los agentes comunitarios que la evalúan desde fuera del sujeto. Pueden encontrarse, pueden estar de acuerdo en la consideración de “anormalidad” o no, el individuo y el agente de salud mental comunitaria. Dependerá del grado de conciencia de sufrimiento, de ausencia de bienestar, que tenga el individuo, para valorar si existe -o no- acuerdo con los agentes de salud.

Normalmente, se considera que a mayor conservación de salud mental, si hay sufrimiento emocional, no hay necesidad de negarlo. Por el contrario, a mayor falta de salud mental, siendo el sufrimiento emocional muy doloroso, puede haber necesidad de negarlo. Es aquí cuando puede haber desacuerdo entre el individuo y el agente de salud. La anormalidad puede ser vista desde afuera, pero no desde dentro del sujeto. Aunque esa circunstancia también no sería siempre estática, sino que podría ser dinámica, cambiante.

¿Normalidad y anormalidad en salud mental?

La normalidad y la anormalidad vendrán definidas por la continuidad de la “regla”, en primera instancia, de la regla individual. Es el propio sujeto individual quien debe valorar si existe alguna discontinuidad en la «norma» de su vida. Evidentemente, si este sujeto está en condiciones de salud «normales», si no ha entrado en un estado de alteración mental psicótico devastador, por ejemplo. Si hubiera entrado, a menudo es el entorno familiar del individuo en estado mental alterado quien evalúa la alteración y quien pide ayuda a la comunidad. En condiciones normales, la pérdida de la regla de «normalidad», de bienestar, es la que guiará al individuo en la evaluación de su estado de anormalidad.

Si sociológicamente hablando es discutible la “normalidad” o “la anormalidad” de una convención, especialmente, en sociedades plurales, ese pluralismo, puede darse a nivel individual. ¿Qué queremos decir? El propio sujeto individual puede verse en una situación dinámica de preguntarse sobre su normalidad o anormalidad. En unos momentos puede considerar que sí es normal su estado mental y en otros no. En este sentido, la consulta a los profesionales de la salud mental puede ayudar a situarse, más objetivamente, ante los propios interrogantes.

Los profesionales de la salud mental también pueden situarse de forma plural respecto a la normalidad o anormalidad. Existen protocolos procedimentales en salud mental que evalúan las condiciones de pérdida relativa de salud mental y la forma de darle la vuelta. Sin embargo, la forma de intervenir puede diferir de unos a otros profesionales e, implícitamente, también la forma de la evaluación. La evaluación de la normalidad o anormalidad en psicología debe producirse en el seno de una interacción relacional, paciente-profesional. Esta interacción estará teñida por el grado de conexión empática entre uno y otro que necesariamente será diferente dependiendo de sus protagonistas.

Normalidad y anormalidad, ¿relativas?

Sí, siempre será relativa tanto la normalidad como la anormalidad de una situación en ciencias humanas y, por tanto, en salud mental. Esta relatividad de la normalidad y la anormalidad no quita que tanto una como otra puedan ser inductoras de sufrimiento emocional. Se podría pensar que sólo una, la consideración de la anormalidad, pero una mirada atenta y afinada, propia o ajena, o ambas, puede verificarlo. Que el sufrimiento emocional también puede estar presente en la aparente normalidad.

La normalidad o la anormalidad por sí solas no pueden dictar la presencia o ausencia de bienestar emocional y, menos, como decía la OMS, bienestar «completo». El dinamismo intrínseco de la vida humana, especialmente en las sociedades globales postmodernas, puede atacar el estado de bienestar completo. La condición de liquidez -siguiendo a Bauman- de nuestras sociedades puede modificar el vulnerable estado de bienestar, fácilmente. Por tanto, la normalidad o la anormalidad de un estado de cosas mental no puede ser criterio absoluto de autoevaluación o heteroevaluación. Y hilando más delgado, tampoco puede serlo el estado de bienestar completo, entre otras razones, porque quizá el estado de bienestar completo no es infalible.

Más allá de la normalidad y la anormalidad.

La normalidad y anormalidad en salud mental nos invita, pues, al discernimiento más profundo, en solitario, o acompañado, de las condiciones de nuestro bienestar. ¿Qué hace que nuestro bienestar sea o no sea completo? ¿Nuestro bienestar a qué es relativo? ¿De qué depende? O al contrario, ¿de qué depende nuestra falta de bienestar? ¿De qué condiciones de normalidad o anormalidad depende? La respuesta a estas preguntas puede guiar a la persona hacia un horizonte de posibilidad más allá de las categorías de normalidad y de anormalidad. Hacia un horizonte de autocomprensión que, paradójicamente, puede llevar a un bienestar relativo, incompleto, pero satisfactorio mínimamente. Para algunas personas, el único horizonte posible dadas las adversas condiciones de sus vidas.

Los propios profesionales de la salud mental deben trascender la categorización normal/anormal. Sin negar la posible utilidad de la misma, en tanto que organizadora de la realidad, dado que sitúa las variaciones funcionales de la mente humana. Variaciones respecto a una apreciación genérica. En la intimidad de la consulta con los pacientes, se espera del psicólogo clínico que pueda dar comprensión al por qué del sufrimiento mental. Comprensión del paciente concreto, con cuerpo y mente, como primer paso para su modificación, no de un perfil genérico inexistente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Verificado por MonsterInsights