El paciente que consulta al psicólogo expone, de alguna manera, su intimidad en la consulta. Y debe ser así. Sin exponerla, sin exponer los propios sentimientos, pensamientos, sensaciones, comportamientos, no es posible una consulta psicológica que se precie.
Cuando una persona decide consultar con un psicólogo, se va a dar una relación interpersonal entre ambos; la que está en el lugar del paciente, va a tener que exponer lo que le mueve a pedir ayuda psicológica. El psicólogo acogerá la comunicación del paciente con una actitud de escucha activa, interesándose por lo que explica el paciente; y va a tratar de entender a qué se debe que el paciente esté en la situación que está explicándole. Si las cosas suceden de manera adecuada entre el uno y el otro se va a crear un ambiente de cierta intimidad en la consulta. El encuentro va a estar centrado en cuestiones que tienen que ver con cómo se siente el paciente, por lo tanto, en su intimidad en la consulta del psicólogo.
En muchas ocasiones nuestros pacientes expresan de manera meridiana que lo que se nos explica no se ha podido realizar con ninguna persona previamente; o bien por el contenido del mensaje, o bien porque no se ha considerado que el interlocutor fuera el adecuado. Sobre el psicólogo el paciente tiene una expectativa diferente, precisamente, por lo que debería ser el nulo conocimiento de su persona. Lo propio de la consulta con el psicólogo es que ambas personas, psicólogo y paciente, sean dos desconocidos. Este desconocimiento previo será el que posibilitará que se organice una experiencia relacional que va a acoger la intimidad mental del paciente en la consulta. Sin ese desconocimiento el peligro sería el sesgo de la libertad de la comunicación.
Es frecuente escuchar de nuestros pacientes que nos busquen, precisamente, por estar en ese lugar externo al de sus contactos interpersonales (amigos, familiares, conocidos, compañeros); lugar que permite hablar sin la limitación de qué pueda pensarse del que habla. Ante los padres, el hijo adolescente, por ejemplo, no puede esperar ser escuchado con la libertad que a lo mejor siente que necesita. Lo mismo se puede decir de otras relaciones en las que se está inmerso: siempre condicionan aquello que se puede expresar. “Si dijera lo que pienso, me borrarían del mapa”. Es la ventaja del lugar del psicólogo; permite escuchar al paciente sin el compromiso de tener que responderle desde el molde de una relación en la que están sus allegados. Lo que favorecerá que se desarrolle una comunicación que va a ir en la línea de desplegar la intimidad del paciente en el consultorio.
¿Qué garantías tiene el paciente de comunicarse con libertad, sin tener que estar circunscrito por los moldes de una relación previa con el psicólogo? La que le ofrece el hecho de saber que el psicólogo está sujeto por su Código deontológico. Sus artículos 37 y 38, de manera explícita hacen referencia: el respeto escrupuloso por el derecho del paciente a la propia intimidad.

La intimidad, para que pueda desplegarse en cualquier ámbito de relación, necesita de la confianza. En la consulta psicológica, el paciente va a necesitar sentir la confianza necesaria para expresarse con la libertad que posibilita que se desarrolle su atención. Entre un psicólogo y un paciente se suscribe un pacto de cuidados, aunque no sea explícito, que se basa en la confianza. Para favorecerla el psicólogo va a tener que desarrollar una actitud favorable que provea seguridad a su paciente. Muchos pacientes -por no decir todos- necesitan sentir que lo que nos comunican no va a salir de los límites del consultorio; sólo algunos lo requieren de manera explícita, verbalmente.
La independencia del psicólogo y su autonomía profesional están apoyadas por su sujeción al secreto profesional, como explicita el mismo código deontológico. Esta obligación confiere la posibilidad del despliegue de la intimidad del paciente en un marco que provee seguridad para ambos participantes de la experiencia.
En definitiva, el paciente busca al psicólogo para recibir algo que siente que le falta. Si no hay búsqueda previa, si no hay motivo de consulta en el paciente, lo lógico es que no se produzca la demanda de ayuda. Si el paciente pide ayuda al psicólogo, algo le mueve a hacerlo, algún motivo tiene para ello y alguna expectativa. Cabe la posibilidad, pues, de que se despliegue su intimidad en el consultorio del psicólogo.
En ocasiones la consulta va a requerir una intervención puntual, de pocas entrevistas, de orientación o de apoyo; en otros casos, la consulta puede apuntar a una intervención de más largo alcance, como sucede en el caso de la psicoterapia psicoanalítica.