Se trata de nosotros, los seres humanos, dotados de mente, cuerpo y espíritu, -otros dicen seres bio-psico-sociales- ubicados como estamos en un contexto social. Nuestros hogares, nuestras comunidades, nuestras sociedades en las que, a menudo, interactuamos con otros seres humanos. En este caldo de relaciones nos hacemos conscientes, especialmente, de lo que sentimos y de qué sentimos. También podemos ser conscientes de lo que sentimos sin interactuar con otros, pero nos hacemos especialmente conscientes en la relación interpersonal, poco o muy estrecha. ¿Podemos escoger lo que sentimos?

Los humanos somos seres «sintientes». ¿Qué significa sentir? Si vamos a la raíz de la palabra, nos encontramos que deriva del latín «sentire» cuyo significado inicial es «percibir por medio de los sentidos». Esta significación original de la palabra ya ilustra sobre la implicación corporal. Sentir sería una facultad humana merced a la dotación de cuerpo. El sentir sería secundario a la corporeidad. Y está claro que el cuerpo nos sitúa en un mundo que nos circunda, lleno de objetos y sujetos.
Sin embargo, la percepción que nos otorgan nuestros sentidos no es motivo suficiente para hacernos sentir. Es lo que puede movernos en primer lugar, sin embargo lo que nos mueve a sentir es nuestra mente. El miedo, la tristeza, los celos, la atracción, la rabia, la vergüenza, la culpa, la envidia, el amor, la esperanza, etcétera son productos de interpretaciones. Y las interpretaciones son el resultado de acciones mentales. Nuestra mente es susceptible de evaluaciones cognitivas y emocionales dotada como está de razón y emoción.
Nuestras emociones y sentimientos aparecen, especialmente las primeras, antes de que podamos decidir nada racionalmente. Las emociones son reacciones internas que nos mueven en una dirección, aunque sea exclusivamente mental, o nos mueven a acciones que implican el cuerpo. Los sentimientos, por el contrario, son fruto de una valoración más contextualizada que compromete más la integración de la emoción y el pensamiento.
¿Podemos escoger lo que sentimos? Si lo que sentimos hace referencia a nuestras emociones, la respuesta es que las emociones se nos imponen desde dentro. Si lo que sentimos se refiere a nuestros sentimientos, la respuesta es una acción mental que requiere mayor conciencia que la de la pura emoción. Sin menospreciar que podemos ser conscientes de nuestras emociones.
La filosofía concibe una de las teorías de la verdad como la adecuación entre lo que se dice de la cosa y la cosa misma. Si digo que la nieve es blanca se tiende a pensar que digo la verdad, porque la condición de blancura se adecúa a la nieve. ¿Pero son adecuados nuestros sentimientos y nuestras emociones? Es decir, ¿se corresponden con la realidad «externa» a nosotros? ¿O son fruto de nuestras construcciones mentales que nada tienen que ver con la realidad que nos rodea?
Lo primero que podríamos decir es que las emociones y los sentimientos son reales en nuestro interior. Nos ocurren por dentro y podemos añadir que, a menudo, frente al contacto con el mundo que nos rodea: personas, objetos, circunstancias. Ante la realidad que nos rodea, sentimos emociones y sentimientos. Sin embargo, no existe ninguna garantía de que lo que sentimos sea proporcional con los hechos que nos rodean. Podemos sentir miedo o ansiedad frente a una circunstancia que no sea ansiógena. Celos ante una realidad que no sea provocadora de tal emoción. O vergüenza por miedo a hacer el ridículo en una situación social. O alegría por lo que sea. Etcétera.
Nosotros sentimos lo que sentimos pero la realidad no avala la adecuación de tal reacción emocional. Sino que somos nosotros que vemos la realidad de una manera tal que nos hace sentir lo que sentimos, tanto en positivo como en negativo. La prueba es que ante una misma realidad externa, una persona puede sentir «x» reacciones mientras que otra persona siente «y». Lo diferencial radica, pues, en la interpretación de la realidad que a uno le hace sentir emociones positivas y al otro negativas.
Haciendo una analogía con el mundo de la informática, podríamos decir que los humanos tenemos procesadores mentales que son susceptibles de reaccionar emocionalmente. Cada humano tiene su procesador y aunque todos los humanos los tienen, no todos los procesadores son idénticos, no reaccionan igual. Nuestras mentes se nutren de las experiencias que obtenemos a lo largo de la vida. Estas experiencias, básicamente, de satisfacción y de insatisfacción, impregnan nuestras memorias –sobre todo la memoria implícita– y configura nuestro saber no pensado (Christopher Bollas). Intuitivamente se puede percibir que a más experiencias de satisfacción se organizará una emocionalidad más confiada. Y además experiencias de insatisfacción, una emocionalidad más desconfiada o desorganizada. Esto es especialmente verdad para las primeras experiencias de la vida infantil.
Lo que ocurre es que sobre este poso temprano de la primera cuna emocional se instaurará el aprendizaje social posterior, configurado por el primero. Las relaciones personales y sociales y las experiencias de vida posteriores pueden ayudar a modificar el poso temprano, tanto para bien como para mal. Los logros, los fracasos, en los diferentes ámbitos de la vida (personal, familiar, de estudios, laboral, etc) modularán, hasta cierto punto, la dotación emocional inicial. Así, nuestras reacciones emocionales en nuestro momento presente serán el resultado del margen de libertad que nos reste respecto de nuestro condicionamiento.
Nuestra actual reacción emocional se nutre de sensaciones, sentimientos, expectativas, creencias, necesidades, de las que no siempre tenemos plena conciencia. Es más, pueden ser inconscientes. Esta configuración emocional nos condicionará a reaccionar más que lo que nos sucede a lo que significa para nosotros, incluso a lo que necesitamos sentir. Nos preguntábamos: ¿podemos escoger lo que sentimos?
Nuestras emociones no las podemos escoger, se nos imponen desde dentro. Decíamos que somos razón y emoción. La emoción nos determina, se cuela dentro de nosotros sin pedir permiso. Reaccionamos de acuerdo a nuestros condicionamientos internos, fruto de nuestra historia vital. Sin embargo, somos razón, pensamiento, también. ¿Qué margen de acción tiene nuestro pensamiento respecto a nuestra emoción? Es una pregunta especialmente significativa con respecto a la presencia de las emociones negativas, porque nos hacen sufrir más que las positivas. Aunque también aplica a las emociones positivas, sin duda alguna.
¿Qué pasa si siento celos? No puedo negarlos, pero puedo intentar decidir qué hago con la emoción. Qué expreso o qué no expreso, con la palabra -o con el silencio-, con el comportamiento; qué puedo comprender de su aparición? ¿De qué me informa de mí mismo? ¿Qué ocurre si siento rabia? Tampoco la puedo negar, es una emoción demasiado invasiva, pero puedo reflexionar sobre la oportunidad de expresarla o no, y cómo de hacerlo. Incluso puedo pensar respecto a la conveniencia de no responder de forma automática y agresiva; de darme tiempo para no dejarme llevar por la venganza. Y si pensamos en positivo, si siento agradecimiento, ¿Qué ocurre? ¿Qué hago con el agradecimiento? Lo expreso, ¿cómo?; ¿con la palabra?, ¿con los gestos?, ¿con el comportamiento? ¿O no lo expreso pero trato de entender por qué lo siento? Qué importante que es para mí saber qué lo ha despertado.
Poder poner pensamiento a nuestras emociones y a nuestros sentimientos es un beneficio indudable para nuestro crecimiento personal; porque son una oportunidad de autoconocimiento. Nos informan de cómo estamos configurados por dentro.
No podemos negar nuestras emociones, empeñarnos en no sentirlas. Aunque lo intentemos se nos van a colar de alguna forma en nuestra realidad interna, en forma de malestar psíquico; incluso psicosomático. En consecuencia, el camino más sabio es introducir la reflexión. ¡La reflexión sí la podemos escoger! Poder pensar respecto a lo que nos pasa por dentro es el primer paso para poder escoger qué conducta desplegamos en relación a nuestras emociones.
En la vida sentimental ocurre a menudo que el comportamiento de la pareja puede decepcionarnos o enfadarnos, incluso nos puede hacer temer el desamor. Estas emociones, que si son reiteradas pueden organizar sentimientos, pueden llevarnos a interpretaciones respecto de la pareja que sean erróneas. Pueden organizar juicios de valor sobre el otro que no se adecúen con la realidad de lo que le ocurre al otro realmente. Son muestras de nuestra interpretación y, en consecuencia, de lo que nos sucede a nosotros con el comportamiento del otro.
Es el momento de elegir la reflexión: ¿qué me está pasando con lo que percibo de mi pareja? ¿Qué me está tocando -internamente- de mí? ¿Por qué me decepciono?, ¿por qué me enfado?, ¿por qué me pregunto si ya no le importo? Y organizar el comportamiento que considere más oportuno.
De lo que se trata, pues, es de escuchar nuestras emociones y sentimientos. Especialmente se trata de escuchar nuestras emociones más invasivas, de abrazarlas, antes que de negarlas, y no actuar de forma mecánica, automática. Lo que es aplicable, particularmente, a las emociones negativas que pueden poner en marcha lo peor de nosotros mismos si nos dejamos llevar.
La consulta al psicólogo clínico será adecuada cuando las emociones nos determinen completamente y no seamos capaces de introducir la reflexión cuando aparecen. La consulta psicológica, acudir al psicólogo reiteradamente, por ejemplo, cuando se realiza un proceso psicoterapéutico, aporta un entrenamiento reflexivo de alto valor. Un entrenamiento en reflexionar que, en compañía del técnico en salud mental -como lo es el psicólogo clínico-, tiene la ventaja de tener un acompañante. Un acompañante para poder afrontar lo que en solitario quizás rehuiríamos. Hay emociones que son especialmente incómodas o difíciles de enfrentar o de soportar y que preferimos arrinconarlas, aplazar su enfrentamiento. La mano experta del psicólogo clínico puede proveer del estado de ánimo que el paciente solo no es capaz de desarrollar.
El proceso de crecimiento personal que comporta una buena relación psicoterapéutica -en el formato que sea- podría llevar al paciente a ser más libre. ¿Por qué? Porque si el paciente es capaz de entender, de abrazar, sus emociones -especialmente las negativas-, podrá sentirlas sin que gobiernen su conducta. Es lo que aporta la consulta psicológica que determina la conveniencia de desplegar una ayuda psicoterapéutica psicoanalítica, dado que instaura la perspectiva del tercero. ¿Qué significa esto? Que ayuda a observar -y a reflexionar- lo que ocurre en el espacio de la sesión psicoterapéutica, en la interacción paciente-psicoterapeuta.