El doloroso sentimiento de pérdida.

Resumen

El sentimiento de pérdida es causa de dolor. La pérdida provoca en la persona que la sufre un doloroso sentimiento de tristeza. Hay muchos tipos de pérdidas. Entre ellos, las pérdidas de la salud corporal, por diagnóstico de enfermedades o por accidentes; las pérdidas por razón de salud mental: cuando vemos afectada la capacidad de razonar, memorizar, asociar, imaginar, sentir, etc. El dolor de las pérdidas puede estar referido a la pérdida de la propia vida, en su anticipación; o a la pérdida de la vida de nuestros seres queridos. La reacción a las pérdidas supone nuestro grado de capacidad de tolerar el sufrimiento. La pérdida comporta un proceso de elaboración del duelo que es personal e intransferible.

El sentimiento de pérdida es causa de dolor. La pérdida provoca en la persona que la sufre un doloroso sentimiento de tristeza. Hay muchos tipos de pérdidas. Pero para que la pérdida provoque dolor mental es necesario que lo perdido sea valioso para la persona que lo pierde. La pérdida, para ser tal, debe significar un agravio. De lo contrario, no puede hablarse de pérdida. Algo que se tenía a disposición, huye de nuestro alcance. Como si se tratara de una posesión, la posesión de la cual se desvanece. Ya no se posee más.

Tipos de pérdidas.

La salud del cuerpo.

Nuestros cuerpos son el primer escenario del que nos creemos poseedores. Creemos que nuestro cuerpo es nuestra posesión. Así, cuando ocurre alguna afectación en nuestro cuerpo, nos sentimos concernidos en primera persona. Lo que ocurre en el cuerpo de los demás, no es nuestro problema.

Las pérdidas pueden tener manifestaciones distintas, pero tener un mismo denominador: ser vividas como pérdidas, dolorosas, poco o mucho, todas ellas. ¿Qué tipos de pérdidas pueden ser experimentadas como dolorosas? Por ejemplo, las pérdidas relacionadas con la salud corporal. Podemos pensar en las pérdidas de carácter agudo, como cuando se tiene un diagnóstico de enfermedad, que puede provocar el sentimiento de pérdida de la salud. Como es obvio, a mayor gravedad del diagnóstico más dolor de la pérdida. Y, a mayor irreparabilidad de la situación de enfermedad, más dolor por la pérdida de la salud. Lo mismo aplica a la pérdida de la salud, en sus diversas manifestaciones, a causa de un accidente que lesiona nuestro cuerpo, temporal o definitivamente.

No sólo las pérdidas, más o menos repentinas de la salud pueden provocar dolor, sino las pérdidas en relación a determinadas modificaciones de nuestros cuerpos. Pensamos en las pérdidas más insidiosas que pueden derivar, por ejemplo, del deterioro corporal debido al proceso de envejecimiento en sus distintas fases. Es sabido que el envejecimiento corporal comienza alrededor de los 25 años. Este modo insidioso de deterioro puede ocasionar pérdidas o modificaciones de nuestro organismo corporal que cursan con dolor. La pérdida de cabello, de agudeza visual, de un diente, de la elasticidad de la piel, de cierta calidad de la musculatura, de la finura de la audición, de la intensidad de la respuesta sexual, la adquisición de cierto incremento -o decremento- del peso, etc. Todas estas pérdidas pueden hacer sufrir a la persona que las experimenta. Así la pérdida provoca un sentimiento doloroso.

La salud de la mente.

Luego están las pérdidas en relación con la capacidad mental, cognitiva, afectiva, o ambas. La capacidad de razonar, memorizar, asociar, imaginar, sentir, etc. Podemos sentir que hemos perdido agilidad mental, control de impulsos, reacciones emocionales, capacidad de ilusionarnos, sentir esperanza, etc. Y sufrir por eso. Insistimos, cuando creemos que las pérdidas son más irreversibles, podemos sentir más dolor.

La pérdida puede ir referida a condicionamientos en la salud, pero no en nosotros mismos, sino en los seres que amamos. Entre los seres queridos debemos incluir, no sólo a las personas, sino a los animales y otros seres vivos. La significación que demos a la vida ajena podrá resonar en nosotros, haciéndonos sentir tristes por las pérdidas de estos otros seres importantes para nosotros. El rompimiento del vínculo afectivo o amistoso con un ser querido también puede ser causa de dolorosa pérdida.

La pérdida también puede ser dolorosamente experimentada en relación con la posesión de atribuciones de naturaleza más material. Pensamos en la pérdida de patrimonio mobiliario o inmobiliario, casas, vehículos, u otras posesiones, de todo tipo de objetos con la única condición de ser valiosos para nosotros. Y no sólo por posesiones de objetos sino, también, por la pérdida de condiciones personales que hemos amado. Vinculaciones a entidades, grupos, trabajos, etc, que nos han proveído de una identidad que, al perderlos, pueden afectarnos tristemente.

Mención aparte merecen también las pérdidas de determinadas condiciones de nuestras vidas sometidas a rutinas conductuales y de percepción. En este cajón debería apuntarse las migraciones, grandes o pequeñas, puntuales o permanentes, que podemos experimentar cuando cambia el mundo de nuestra percepción. Ya no contemplamos el paisaje, los olores, el ruido, la gente, que estábamos acostumbrados a contemplar. Y lo registramos con el dolor de la pérdida, doloroso sentimiento, porque valorábamos las condiciones pretéritas.

La pérdida de la vida.

La pérdida de la propia vida puede ser motivo de doloroso sentimiento, sin duda. Podemos entristecernos si se nos informa que perderemos nuestra vida en un intervalo de tiempo determinado. Si visualizamos una fecha poco o muy cercana en el tiempo. Aunque lo sabemos a ciencia cierta desde el principio de nuestra existencia: tenemos fecha de caducidad. Pero vivimos como si nunca tuviéramos que morir, como si la fecha de caducidad de nuestros días estuviera tan adelante, tan lejos, que sería como si no estuviera. Sin embargo, en algunas ocasiones de condiciones de vida ya suficientemente dolorosas, puede suceder que se contemple la pérdida de la propia vida como un cierto alivio.

Medio rostro; lágrima saliendo del ojo. Sentimiento doloroso de pérdida.

La pérdida de la vida de nuestros seres queridos es causa de un dolor especial, puesto que ellos se van, pero nosotros permanecemos. Cuando nuestros amados mueren, pierden la vida, nosotros no la perdemos. Pero algo dentro de nosotros puede morir con la muerte de ellos. Los que siguen vivos pueden rememorar todas y cada una de las condiciones de la vida de ellos y de la vida con ellos, de los muertos. Y ese recuerdo puede tener condiciones de tristeza, de dolor. Por la irremediable desaparición de sus compañías en nuestra existencia. La condición de irrecuperable posibilidad de gozar con ellos, en cuerpo y alma. Sólo nos queda el recuerdo y, en consecuencia, tenemos la pérdida de lo que teníamos con ellos, cuando estaban entre nosotros. No los tenemos y no los tendremos más. Esta condición irreparable de la existencia puede dolernos, y mucho.

La reacción a la pérdida.

La reacción a la pérdida será directamente proporcional a nuestra capacidad de tolerar el dolor, el sufrimiento. La ausencia que representa la pérdida, de lo visto por nosotros como tal, convoca a nuestra capacidad de reparación, de consuelo. Del lado positivo, podremos convocar todo tipo de posibilidades en la línea del alivio de la pena. Nos consolaremos con diversas alternativas que pueden llevarnos a seguir viviendo nuestra vida, en condiciones similares a las del momento de la pérdida. Por el lado negativo, invocaremos la posibilidad de la desesperanza, de la impotencia y de la rabia. Nos quedaremos bloqueados en el dolor estéril por la pérdida que no permitirá que podamos llevar una vida saludable.

No deja de ser impactante que la condición humana que es de una vulnerabilidad apabullante pueda sufrir tanto con la pérdida. O quizás sea por eso. La existencia humana es un don gratuito que es ofrecido a cada ser humano. No es necesario recordarnos que nadie elige su propia existencia. La existencia nos es dada sin ninguna determinación por nuestra parte, sin ninguna participación. Más tarde, más allá del nacimiento, nos creeremos dueños de nuestra propia existencia y celosos de perderla.

Esta nuestra fragilidad constitutiva quizás condiciona el dolor de las pérdidas. Nos hemos olvidado del préstamo inicial sobre el que se construye nuestra vida y quizás por ello toda pérdida, dolorosamente, nos devuelve nuestra vulnerabilidad.

La elaboración de la pérdida.

El doloroso sentimiento de pérdida precisa de un proceso de elaboración. Este proceso es un proceso de duelo. Es necesario un tiempo para que todo proceso se pueda desplegar desde los inicios de su aparición hasta su extinción. El proceso de duelo a menudo se considera en relación con la pérdida de los seres queridos, pero no es exclusivo de un tipo de dolor específico.

La elaboración de la pérdida requerirá del esfuerzo emocional de la persona que la siente. Nadie puede realizar el proceso de elaboración por parte de la persona que siente la pérdida. Por mucho que se la pueda acompañar. No es ningún secreto decir que la aceptación de la pérdida es el resultado final del proceso que pretenda elaborar el sufrimiento inicial. Este proceso de elaboración será distinto en cada persona que lo realice, tendrá fases distintas y duraciones diferentes de una persona a otra.

Cuando el sufrimiento de la pérdida no cursa de forma adecuada en la línea de la aceptación se puede pensar en una ayuda profesional. Dependiendo de la intensidad del dolor habría que pensar en un tipo de intervención o en otro. Inicialmente creemos que unas entrevistas de acompañamiento podrían ser adecuadas si el malestar emocional no socava los cimientos de la personalidad de quien sufre.

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