La pregunta ¿por qué soy consciente? no tiene una respuesta más allá de la constatación del misterio de su realidad. El ámbito de la consciencia es objeto de estudio interdisciplinar: filosofía, psicología, lingüística, antropología y neurociencia. La consciencia necesita el sustrato cerebral para aparecer, pero no se puede reducir a el. A pesar de los progresos innegables de la tecnología científica para el estudio del cerebro, no se puede ir más allá, hoy en día, de lo que se denominan los correlatos neuronales de la consciencia. Con todo, la inmensa mayoría de los procesos cerebrales son inconscientes. Tanto los que se almacenan en la denominada memoria explícita como en la implícita. El acceso a la memoria implícita es fácil para la voluntad consciente, si se trata de cuestiones procedimentales, no así para el acceso a la memoria implícita emocional, que es de difícil acceso a la consciencia. La inteligencia artificial se debate si la consciencia puede ser replicada o simulada por la máquina computacional.
Si miramos con atención la pregunta «¿por qué soy consciente?» podemos darnos cuenta de las implicaciones que están implícitas. Primera: alguien se hace una pregunta. Segunda: ese alguien se pregunta sobre algo que le ocurre a sí mismo. Tercera: la pregunta busca la razón de ser sobre lo que se pregunta. Cuarta: este interrogante emplea el lenguaje para formularse.
Podemos intentar responder al por qué de la consciencia, sin tener consciencia de quién es quién se hace la pregunta; sin duda. Pero si tratamos de aproximarnos al por qué de la consciencia no podemos evitar darnos cuenta de algo previo: yo me pregunto esto. Es obvio que esta pregunta por la razón de ser de la consciencia propia puede llevarnos a una pregunta de mayor alcance todavía. ¿Quién es ese yo que se hace esta pregunta?
Toda pregunta necesita un vehículo para formularse: el lenguaje. El lenguaje es la vía de expresión de la pregunta. Sin lenguaje, por rudimentario que sea, no existe posibilidad de la pregunta. Así, el lenguaje condiciona la expresión de la pregunta. ¿De qué forma?
El lenguaje humano lo forman los signos lingüísticos que muestran una relación entre significantes, palabras, que tienen significados. Dicho de otra forma, el lenguaje pone en relación expresiones formales -por ejemplo- palabras con contenidos. Estos elementos, los signos lingüísticos, que configuran el lenguaje humano están interrelacionados: todo significante tiene un significado, al menos uno. Todo significante acota una parte de la experiencia de la realidad, dejando fuera al resto; lo mismo puede decirse de todo significado. El resto, también puede ser troceado en otras partes que serán susceptibles de ser referidas por otros significantes y-o significados.
Si el lenguaje es una posibilidad significa que el lenguaje no es la única posibilidad del sujeto para expresarse. El ser humano no se agota en el recurso del lenguaje; a pesar de la enorme potencialidad que el lenguaje tiene para referir la realidad, propia y ajena. La consciencia propia, precisamente, da fe. Porque uno puede ser consciente sin preguntarse por la razón de ser de la propia consciencia. Así, ¿la pregunta por qué soy consciente? comporta una cierta disociación del yo. Entre el yo que tiene consciencia y el yo que siendo consciente se pregunta por qué lo es.
La consciencia es un ámbito de reflexión interdisciplinar. Inicialmente la filosofía inició la reflexión, pero últimamente se han añadido otras disciplinas. Entre ellas, la denominada ciencia cognitiva que incluye las aportaciones de la psicología, lingüística, antropología, neuropsicología y neurociencia.
En la filosofía occidental, la primera referencia a la consciencia se atribuye a dos grandes filósofos del siglo XVII. René Descartes, en su obra de 1637, “Discurso sobre el método”. Y John Locke, en su tratado “Ensayo sobre la comprensión humana”, de 1690; más en este segundo trabajo que en el primero.
La aportación de la psicología se inicia en 1879 con la creación de la psicología experimental, de Wilhelm Wundt, con la consciencia como objeto de estudio. Wundt se distanció de la metodología propia de la filosofía para dar un estatuto científico a la psicología, haciéndola experimental. Construyendo el primer laboratorio de psicología experimental, en Leipzig.
La neurociencia se inicia en la década de los 60 del siglo XX gracias a los avances de la tecnología aplicada al estudio del cerebro. Este interés por el estudio cerebral propiciará el desarrollo de tecnología específica durante las décadas 1970 y 1980. La magnetoencefalografía es descubierta algo antes, en 1968, por David Cohen. La resonancia magnética cerebral (RM), en 1971, por Raymond Damadian. La tomografía axial computerizada (TAC), por Godfrey Hounsfield en 1972. Nathanyel Wyeth descubre la tomografía por emisión de positrones (PET), en 1973. La tomografía computerizada por emisión de fotón único (SPECT), se atribuye, también, a Godfrey Hounsfield, quien obtuvo el premio Nobel en 1979. La resonancia magnética funcional (RMF), descubierta a principios de la década de 1980, por George Radda.
La inteligencia artificial nace en 1950 gracias al matemático Alan Turing quien se formula la pregunta de si las máquinas pueden pensar. Desde entonces se ha ido incrementando la creencia, en el ámbito de las ciencias computacionales, de que todo fenómeno es posible expresarlo computacionalmente. Mediante algoritmos que replicarían cualquier fenómeno en un procedimiento que convertiría una tarea determinada en un número finito de pasos, una lista de instrucciones. Esta es la opinión de los partidarios de la Inteligencia Artificial fuerte.
Los partidarios de la Inteligencia artificial débil consideran que la IA solo podría llegar a simular la consciencia, entendiendo que la simulación nunca sería la realidad. Los partidarios de la corriente denominada “nueva física” consideran que no es posible replicar la consciencia dentro del paradigma científico actual. Habría que esperar al surgimiento de un nuevo paradigma en el futuro que pudiera dar cuenta de los fenómenos complejos. Por último, la corriente mística de la IA consideraría que jamás se podría replicar la consciencia dado que se trataría de una realidad espiritual. La realidad espiritual no sería susceptible de ser estudiada con ninguna metodología científica.
La objeción a la Inteligencia Artificial que defiende que la consciencia es un fenómeno reducible a la computación radica en la limitación de la tecnología ¿Qué quiere decir esto? Que los ordenadores utilizan los elementos sintácticos de la lengua para seguir unas instrucciones, pero no los semánticos. Para determinadas tareas procedimentales está claro que el ordenador puede superar al ser humano. Porque piensa más rápido que el humano, por ejemplo, en el juego del ajedrez. Por contra, un ordenador nunca podría comportarse con las cualidades de la mente humana real, entre ellas, la consciencia. Por la imposibilidad de la máquina de acceder a los niveles semánticos del lenguaje humano.
El avance de la tecnología mencionada consigue el estudio del cerebro con el objetivo de entender cómo funciona, cómo recibe, cómo integra y cómo procesa la información. Las diferentes ramas de la neurociencia, neurociencia cognitiva, neurociencia social, neurociencia emocional y neurociencia educacional, lo acreditan.
¿Cuál es la relación entre la consciencia y el cerebro? Lo más que se puede averiguar es qué áreas cerebrales se muestran activadas cuando se supone que alguien está siendo consciente. Se habla de los correlatos neuronales de la consciencia. ¿Pero cómo se puede determinar, por parte ajena, que alguien es consciente, especialmente, autoconsciente?
Lo que no está tan claro es que el estudio de la consciencia pueda circunscribirse al estudio cerebral. Y más cuando cualquier estudio que pretenda serlo debe colocar algo en el sitio del objeto a estudiar. ¿Cómo se coloca la consciencia humana y, de forma específica, la autoconsciencia, en el lugar de un objeto a estudiar? ¿Y a estudiar por parte de quién? ¿Alguien con o sin consciencia? ¿Cómo determinar, desde fuera, que alguien es consciente? ¿No debería ser una apreciación, por así decirlo, que sería íntima al propio sujeto? ¿Qué clase de consciencia sería ésta que podría ser evaluada desde fuera de la propia autoconsciencia?
Se acepta que la consciencia se puede entender como una consciencia del entorno y como una autoconsciencia, de sí mismo. En el fuero interno de cada ser humano se puede apreciar la posibilidad de ser consciente, autoconsciente, sin contenido mental alguno. Apreciación inefable que sólo puede realizar, de forma intransferible, el propio ser humano. Los expertos hablan de la perspectiva de primera persona, para testimoniar ese acceso a la propia consciencia. La perspectiva de tercera persona es la perspectiva de la ciencia que pretende objetivar lo que observa olvidando al observador.

Se cree que todo lo que tenga cerebro tiene cierta posibilidad de conciencia adecuada al nivel del cerebro. Un animal tiene cerebro y, en consecuencia, tiene posibilidad de conciencia. A mayor complejidad del cerebro, como es el caso del cerebro humano, mayor posibilidad de conciencia y de su calidad.
El cerebro puede ser monitoreado tanto cuando el sujeto humano está dormido como cuando está despierto. Los registros cerebrales de ambas posibilidades referirán datos distintos. Pero no podemos afirmar que el cerebro genere la conciencia. A lo sumo podemos decir que para que haya conciencia debe haber cerebro con las cantidades ingentes de neuronas correspondientes: 100000 millones. Tampoco puede determinarse que exista un centro cerebral de la conciencia. Sólo puede constatarse que, por ejemplo, la conciencia tiene niveles; así, cuando se administra anestesia se puede obtener un índice de conciencia e inconsciencia.
Se sabe que la mayor parte de los procesos cerebrales son inconscientes. Sólo una pequeña parte de los procesos cerebrales se activan en el estado de conciencia; el resto permanece ignota. Algunos hablan de la conciencia fenoménica, que sería la parte que permanece inconsciente para el yo, frente a la conciencia de acceso, accesible al yo consciente.
Los procesos inconscientes permiten al ser humano optimizar la energía adecuada a cada circunstancia de forma que no necesita tener conciencia de todo lo memorizado. Así se distingue entre lo que es memoria implícita y explícita. La memoria implícita puede ser procedimental -o de trabajo- y emocional. La procedimental permite recordar habilidades motoras y ejecutivas para la realización de una tarea. La memoria emocional implícita se refiere al conjunto de emociones que son inconscientes para el sujeto. La explícita -o declarativa- se activa por la evocación voluntaria, consciente e intencional de información y de experiencias previas.
Los contenidos inconscientes sí pueden hacerse conscientes. ¿Cómo? Los contenidos que están almacenados en la memoria procedimental sólo requieren de la acción de la voluntad para hacerlos conscientes. En cambio, los contenidos almacenados en la memoria emocional implícita no pueden hacerse conscientes por la acción de la voluntad, lisa y llanamente. Para hacerlos conscientes es necesario un trabajo que, por ejemplo, desde el psicoanálisis se ha denominado trabajo elaborativo.
Los contenidos emocionales inconscientes tienen que ver con las experiencias emocionales conflictivas para el yo de la persona. Una salida al conflicto es la disociación de la consciencia, lanzando el contenido doloroso lejos de la misma. Como dice el dicho: no hay peor ciego que el que no quiere ver. Esta voluntad de no querer ver sería una manera inadecuada de describir el fenómeno de la incapacidad de ver por razones emocionales, por dolor psíquico.
El acceso al contenido inconsciente de naturaleza emocional puede realizarse de forma indirecta, no por la acción de la voluntad. La consciencia del inconsciente puede alcanzarse cuando se hace luz sobre lo que permanecía inaccesible. Dicho de otra manera, cuando lo intolerable se puede volver tolerable. La atención psicológica, en particular la que se presta en formato de psicoterapia, es una herramienta valiosa para este fin.
El cerebro humano es un órgano altamente complejo que está configurado por más de 100.000 millones de neuronas. Gracias a los avances de la tecnología, se ha progresado en el conocimiento cerebral del procesamiento de la información. Pero no hemos avanzado en cuanto a la posibilidad de responder a la pregunta de cómo y por qué tenemos, los humanos, experiencia subjetiva. Pensamientos, sentimientos, emociones, en fin, vida mental, vida interior. Sigue resultando un misterio darse cuenta de que el cerebro, sí, condiciona la vida mental y la consciencia. Pero no estamos en condiciones de explicar cómo el cerebro, que es algo fisicoquímico, pueda dar razón de la consciencia, que es subjetiva.
Nuestra pregunta inicial, a propósito del porqué de nuestra consciencia, no tiene otra respuesta que la constatación del misterio. Soy consciente y soy consciente de que me pregunto por qué lo soy. La consciencia está intrínsecamente vinculada al momento presente y cuando me hago la pregunta del por qué soy consciente no puedo escapar del presente. En realidad, la pregunta me aleja del momento presente de alguna manera, de la contemplación de la consciencia.
Lo mismo puede decirse de la posibilidad de tomar consciencia del inconsciente. El proceso que lleva a la toma de consciencia del inconsciente emocional (sensaciones, emociones, sentimientos, pensamientos, comportamientos, etc.) estalla en un momento dado, en el presente de la circunstancia, sea cuál sea. Lo mismo puede aseverarse respecto al acceso consciente al inconsciente procedimental, si bien la acción de la voluntad es más sencilla.