Tener conciencia de la propia envidia puede favorecer que nos cuestionemos ¿por qué la sentimos? Cuestionarse la propia envidia, si las emociones consecuentes no son demasiado intensas, puede favorecer nuestro autoconocimiento. La envidia se puede sentir cuando se desea algo que no se posee y que se percibe siendo poseído por otro. Esta frustración puede causar dolor. La envidia comporta un escenario relacional entre envidioso y envidiado, en el que el envidioso está en situación de inferioridad y el envidiado es percibido en situación de superioridad. No obstante, la envidia puede ser positiva, cuando el dolor no atrapa al sujeto y puede intentar obtener la satisfacción de poseer lo que se percibe en el otro, estimulado por la percepción del logro ajeno. ¿Qué se puede hacer con la envidia? Tratar de entender el dolor que subyace a la frustración del deseo no conseguido. Existen cuestionarios para medir la envidia. La envidia se puede trabajar en un proceso psicoterapéutico.
Nos puede ocurrir que seamos conscientes de que sentimos envidia en diversas circunstancias. Si el sentimiento de envidia no es muy intenso podemos preguntarnos ¿por qué se siente envidia? Siempre que las emociones no sean muy abrumadoras, por su intensidad, tendremos la posibilidad de reflexionar y de preguntarnos por qué. Es más, es conveniente que lo hagamos. Porque al hacerlo, – ¿por qué siento envidia? -, estaremos ampliando nuestro autoconocimiento.
La envidia se considera el deseo de poseer algo que es percibido, fuera de mí, y que se siente que no se tiene, dentro del yo. Lo percibido desde fuera y que despierta la envidia puede tratarse de un objeto, un atributo, una condición, una posición social, etc. La envidia puede cursar con dolor mental cuando uno querría poder disponer de lo que se percibe y que uno sabe que no se tiene. Este dolor puede ser más intenso o menos en función de la intensidad del deseo de tener lo deseado. Aún puede serlo más cuando uno percibe que lo deseado lo tiene otra persona. Puede suceder que la envidia se vea atenuada por la conciencia de resignación que se tenga de poseer lo que no se tiene.
Los seres humanos deseamos cosas, en el sentido amplio de la palabra. El deseo forma parte de la humana condición; permite vivir una vida humana que se pretenda satisfactoria, o con la posibilidad de conseguir la satisfacción proyectada en un tiempo futuro. El deseo es, pues, el motor de la existencia, de la humana. Ocurre que ese deseo que nos mueve a alcanzar qué metas sea puede chocar con la frustración de no alcanzarlas. La realidad devuelve al yo del deseo la información de que no es posible alcanzar lo que se pretendía alcanzar.

La frustración, el dolor que implica, es la condición de posibilidad de la envidia. Sin posibilidad de dolor, por pequeño que sea, del dolor de la frustración, no hay envidia posible. La percepción de lo que uno quiere tener y no se tiene, es la que causa la envidia; especialmente cuando sí lo tiene otra persona.
Esta frustración que causa el dolor mental puede acarrear la aparición de la envidia; también que lleve hacia la resignación. Puede ocurrir que la envidia no lleve a la persona hacia el sufrimiento o hacia la resignación, sino hacia la superación de la frustración. La percepción de lo que no se tiene y que sí tiene el otro puede abrir el deseo de querer alcanzarlo. No basta con permanecer en la queja dolorosa de lo que no se tiene, sino que surge el deseo de querer alcanzarlo. Alcanzar lo que no se tiene y que se percibe en el otro. La percepción de lo que se desea no estimula el enfado porque no se tiene, sino que abre la vía a poder obtenerlo.
Esta posibilidad de lucha hacia la consecución de lo que se percibe en el otro, porque uno lo desea, sería consecuencia de la envidia positiva. El dolor, en este caso, no agobiaría a la persona dejándola del lado del sufrimiento o de la resignación, sino que estimularía hacia la satisfacción.
La envidia negativa, la que causa sufrimiento, puede favorecer sentimientos de perjuicio hacia quien resulta envidiado. No ocurre así, con la envidia benigna que se contenta con los éxitos del envidiado. La envidia negativa provoca el mantenimiento de la distancia respecto al envidiado. Porque la envidia negativa provoca dolor por la ausencia que provoca la falta. Así, si el envidiado es mantenido a distancia no es necesario contemplar las emociones negativas que despierta. Rabia, injusticia, vergüenza, culpa, etc. La envidia positiva, por el contrario, puede aceptar la proximidad con el envidiado porque éste puede convertirse en un estímulo para alcanzar la meta deseada por quien la desea. Si el otro ha logrado el objetivo, yo también puedo.
La envidia puede poner en relación a dos sujetos: el que siente la envidia y el envidiado. Si la persona que siente la envidia puede sentir desagrado por el hecho de sentirla, puede ocurrir que la persona envidiada también sienta incomodidad. Especialmente, cuando el envidiado sea el blanco de la envidia -negativa- que pueda despertar en el envidioso.
El envidiado puede aparecer en los ojos del envidioso como alguien que está en una posición de cierta superioridad. Ante esta situación de superioridad percibida por el envidioso puede producirse un rebote de sentimiento de inferioridad en el envidioso. El envidiado está por encima, el envidioso está por debajo. Esta complementariedad relacional puede provocar dolor emocional que curse con conflictos en la interacción interpersonal de ambos sujetos: envidioso y envidiado.
La envidia puede resonar de forma negativa en la mente de quien la siente por cuanto la autoestima del envidioso resulta afectada. En la comparativa del envidiado y el envidioso, desde la mente de quien sufre la envidia, el envidiado está en una situación ascendente. El envidioso, en una situación descendente.
¿Qué hacer con los conflictos? Expresarlos, reprimirlos, evitarlos, enfrentarlos, modularlos, exagerarlos, dramatizarlos; etcétera. Pero estas posibilidades pueden afectar a ambos protagonistas: envidioso y envidiado. ¿Qué puede hacer uno y otro? En otras palabras: ¿cómo gestionar la envidia? ¿Qué hacer con la envidia, el envidioso? Pero también, ¿qué hacer con la envidia del envidioso, el envidiado?
El mejor de los escenarios, que puede no estar exento de conflicto, es tratar de que la envidia mute de negativa a positiva. Obviamente, esto sólo puede hacerlo el envidioso. Es una tarea para el envidioso que es quien sufre la envidia en directo.
De parte del envidiado, o de algunos perfiles de envidiado, puede ocurrir que se reaccione tratando de mitigar el dolor ajeno, el del envidiado. ¿Cómo? Tratando de mantener la proximidad con el envidioso, animándole a alcanzar lo que es motivo de la envidia. Y, también, minimizando el valor de lo que causa la envidia, para tranquilizar, aunque sea inconscientemente, el sufrimiento del envidioso. ¿A qué obedece el sentimiento de envidia?
En las versiones más incómodas de la envidia -para el envidioso-, el deseo de ahuyentar el sufrimiento mental que ocasiona puede llegar a ser intenso. Especialmente cuando se debe interactuar, o convivir, con la persona envidiada. El dicho ya lo dice: ojos que no ven corazón que no siente. El problema aparece, precisamente, cuando no se puede evitar -por decirlo así- la exposición a la envidia que despierta el envidiado. Esta circunstancia está muy extendida en todo tipo de ambientes: laborales, académicos, de socialización, de amistades, familiares, etc.
¿Cómo ahuyentar el sufrimiento cuando no se puede poner distancia con el envidiado? Una posibilidad es tratando de perjudicar a la persona envidiada; de mil formas. A veces la conducta de perjuicio no está pensada, fríamente, sino que es resultado de una impulsividad que no se puede controlar. La rabia que ocasiona el conocimiento que el otro posee el bien preciado que no se tiene es la causa. El envidiado es como si pagara un castigo que le impondría la rabia del envidioso. Rabia que, bien mirado, no iría destinada, en su origen, a la persona que posee el atributo envidiado, sino a lo deseado.
Se produciría una suerte de desplazamiento del deseo del atributo ansiado hacia la persona que gozaría de la posesión de lo que se desearía. La frustración de la posibilidad de poseer lo que se desea, no sería aceptada, o sería difícilmente aceptada, y resonaría con dolor. Este dolor colocaría al yo en la posición descendente, de quien no tiene, mientras el envidiado estaría en la posición ascendente, de quien la tiene. Una forma sutil sería la de intentar revertir la perspectiva por la vía del perjuicio hacia el envidiado. Ahora, el envidiado estaría en posición descendente y el envidioso en posición ascendente.
En el mundo académico se han creado instrumentos psicométricos para evaluar la envidia. Destacamos dos de ellos que constan en versión española:
Ciertamente la psicoterapia puede ayudar a una persona que se sabe envidiosa, que siente envidia. Particularmente, la psicoterapia psicoanalítica puede ayudar al análisis comprensivo de por qué se siente la envidia en lo concreto de una individualidad. Así como la función que representa la envidia en la vida personal. La comprensión de los afectos, los que sean, puede convocar a una mejor aceptación de los mismos, y de la envidia en particular.
Puede ocurrir que una persona inicie una psicoterapia por otros motivos, por ejemplo, por la presencia de síntomas psicopatológicos, y que descubra su envidia. Es decir, no que la envidia sea motivo de consulta psicológica y de tratamiento psicológico, sino que se tome conciencia de ella durante el tratamiento.
Una indicación de progreso puede ser la posible mutación de la envidia negativa hacia la positiva, algo que también puede ocurrir en un proceso psicoterapéutico. Como resultado de un proceso de maduración que sucede, frecuentemente, en las psicoterapias psicoanalíticamente orientadas que cursan positivamente.