El sentimiento de venganza está inscrito en la historia de la humanidad, en sus diversas mitologías y tradiciones religiosas. Se trata de un sentimiento humano que impregna la mente de quien se siente condicionado por la emoción de la ira, o del resentimiento. Es secundario a un dolor previo, a una frustración, a una pèrdida dolorosa que es infligida a quien siente el deseo de vengarse. La venganza esconde un afán de justicia pero justicia retaliativa: castigar a quien ha hecho el daño. Pero la venganza no hace sino perpetuar el sufrimiento. Los estudios neurocientíficos avalan el conflicto que presenta el sentimiento vengativo entre dar rienda suelta a la acción o sublimar poniendo límites a la acción vengativa, aceptando la fragilidad de la condición humana y, en particular, la capacidad de provocar sufrimiento. El psicoanálisis propone mutar el dolor que impele a la actuación retaliativa por el predominio de la palabra, de la elaboración del trauma, que ofrece contención al círculo vicioso de sufrimiento.
La venganza es una reacción que es propia de los humanos –y de algunos animales. El sentimiento de venganza está inscrito en la historia de las civilizaciones desde el principio. Tanto en diferentes mitologías fundacionales como en diferentes tradiciones religiosas: mitos griegos, romanos, nórdicos, precolombinos; tradiciones hinduistas, budistas, judías, cristianas, islámicas, indígenas, mesoamericanas, etc. La venganza precisa de una relación entre dos sujetos, tanto si se trata de un sujeto individual como colectivo. Un sujeto que siente el sentimiento de venganza hacia otro sujeto que es destinatario del mismo. ¿Pero qué pretende la venganza?
La venganza es un sentimiento negativo que impregna la mente de quien se siente condicionado por la emoción de la ira, o del resentimiento. En particular, la pretensión de la venganza, aparentemente, es restaurar -de alguna forma- el equilibrio perdido. Es decir, para que haya venganza debe haberse producido una pérdida previa ¿De qué manera? Por la presencia de una situación que es valorada como negativa, como daño. El mal sufrido no permite la inacción, sino que mueve la mente de quien lo sufre hacia una acción retaliativa del daño.
El daño deja una herida que, en primera instancia, mueve a devolver el mal sufrido a quien ha provocado el daño. La aparente expectativa del acto vengativo es la de restablecer la integridad del yo vulnerado. El retorno del daño actúa como motor de la expectativa de sanación de la herida que el daño primero ha provocado. La venganza tiene, pues, un afán de justicia, de que se haga justicia. Pero justicia de forma retaliativa, es decir, que quien hace el daño sea castigado, represaliado. Se deposita confianza en el principio de que el castigo sobre el infractor restablecerá el orden perdido.
La reacción vengativa puede tener mucha fuerza y, aun, ser más dañina que la causada por el daño inicial. Porque la venganza compromete procesos inconscientes vinculados con la agresividad primaria, la herida narcisista y la dificultad para tolerar la pérdida o la frustración. Se entiende, por tanto, que la respuesta vengativa dependerá de la constitución psicofísica de los sujetos individuales. No todos los sujetos individuales, ni tampoco los sujetos colectivos, responderán de la misma forma vengativa a los mismos daños sufridos. Será la atribución de significado la responsable de la concreción de la venganza, de su intensidad. Veamos la concepción de la venganza en las diferentes tradiciones.
La Biblia, base de la cultura occidental y, en particular, de la tradición judeo-cristiana, recoge distintos ejemplos de situaciones de actuación vengativa. El primer libro de la biblia, el Génesis, recoge ya un primer escenario de venganza: el asesinato de Abel, de parte de su hermano Caín. Tradicionalmente se ha ofrecido la interpretación envidiosa como móvil de la acción vengativa. Sin embargo, una lectura atenta permite captar el sufrimiento de Caín por el trato predilecto de Dios hacia Abel (Génesis 4, 1-16).
En la misma biblia, aparecen multitud de textos en los que se muestra al propio Dios como sujeto agente de la venganza. Entre otros, el diluvio universal (Génesis 6-9); la destrucción de Sodoma y Gomorra Génesis 19); las plagas sobre Egipto (Éxodo 6, 28 – 14, 31). Lo mismo ocurre en varios Salmos y en algunos profetas: Salmo 94, 1; Isaías 34, 8; Jeremías 51, 11. Etcétera.
El Nuevo Testamento rechaza la venganza, rompiendo con la filosofía veterotestamentaria del «ojo por ojo» e invita al perdón y al amor al enemigo. Filosofía recogida, por ejemplo, en Éxodo 21, 24; Levítico 24, 29; Deuteronomio 19,21. Sin embargo, en el Nuevo Testamento, se hace a Dios depositario de la acción de la justicia. Romanos 12, 19; 1 Pedro 2, 23; Apocalipsis 19, 2; 2 Tesalonicenses 1, 6. Algunos de estos textos todavía presentan la imagen del Dios vengativo: 1 Pedro 2, 23; Apocalipsis 19, 2. Sin negar que la presentación predominante de Dios en el Nuevo Testamento es la de Dios Amor.
El islam también presenta la imagen de Dios vengativo. De hecho, Al-Muntaqim, «el Vengativo», es uno de los nombres de Dios, entre otros. Sin embargo, la venganza divina va destinada exclusivamente a quienes persisten en la idolatría y la injusticia. Sura 32, 22; Sura 11, Hud; Sura 8, Al-Anfal; Sura Ibrahim 14, 47. Se interpreta que el uso de la venganza en la divinidad tiene una finalidad pedagógica: respetar la moral. Por otra parte, el ejercicio de la venganza divina no es más que la manifestación de la justicia divina que debe estar equilibrada con la compasión.
A diferencia de las religiones teistas, el hinduismo no piensa la venganza como reacción airada de la divinidad sino como restitución cósmica del dharma. El dharma es la ley del orden, de la armonía y de la verdad. La acción que no se ajusta al dharma, genera una reacción compensatoria, el karma. El karma sería la impronta que dejan las acciones y que determinan las experiencias futuras de las vidas personales (pasadas, presentes, futuras). Si el karma está de acuerdo con el dharma se genera buen karma; si no, se genera mal karma, con el consecuente sufrimiento.
Las acciones destructoras de algunas divinidades hindúes no son entendidas como acciones vengativas, propiamente. Cuando Shiva destruye el mundo degenerado moralmente, no lo hace por venganza sino por purificación, por permitir el renacimiento de acuerdo con el dharma. Lo mismo ocurre con las destrucciones de Vishnu. Así la justicia de las divinidades hindúes no actúan por venganza sino por sumisión al dharma.
En el budismo no existe la concepción de la divinidad. Así, la venganza es conceptualizada como una ignorancia dada la propuesta budista de una ética de la compasión. La compasión descansa en la creencia de la interdependencia de todos los seres. Las acciones humanas generan consecuencias, el karma, que si es negativo, generará sufrimiento en la vida presente y en futuras vidas. La respuesta vengativa no hace sino perpetuar el sufrimiento (dukkha) y el ciclo de samsara que recluye al individuo en la cadena del renacimiento.
El Canon Pali -escrituras budistas- recoge la reacción vengativa, por celos, del primo del Budha, Devadatta, que pretende matarle al ver su progreso espiritual. La respuesta del Budha nunca es vengativa, sino de entender la conducta de su primo como una respuesta de ignorancia.
La leyenda de Rómulo y Remo es una leyenda con elementos míticos que pretende explicar la fundación de la ciudad de Roma. Es una leyenda que también refiere un asesinato, el de Remo, de parte de su hermano gemelo, Rómulo. Ambos eran hijos del dios Marte, y de la sacerdotisa Silvia Rea, descendiente de Eneas, rey de Troya. Silvia Rea era hija de Numitor. El hermano de Numitor, Amúlio, al morir el padre de ambos, el rey Proca, le quita el trono a Numitor, y mata a sus hijos varones.
Amúlio no quería que Silvia Rea tuviera hijos, así que hace que sea sacerdotisa vestal, virgen. Pero el dios Marte se enamora de ella y la deja embarazada. Amúlio, al enterarse del nacimiento de los gemelos, ordena matar bebés. Unos sirvientes salvan a los bebés colocándolos en una cesta en el río Tíber. La cesta con los bebés es descubierta por una loba que les amamanta, en la zona de Palatino. Unos pastores, Fáustul y Acca Larentia, los crían como sus hijos.
De adultos, al descubrir su origen, destronan a Amúlio y dan el trono a Numitor, su abuelo. Los hermanos deciden fundar una nueva ciudad cerca del lugar en el que fueron rescatados. Pero no se ponen de acuerdo. Rómulo quería que fuera en la colina Palatino, mientras Rem quería la colina Aventino. La discusión termina en una pelea mortal. Porque Rem había saltado burlonamente las murallas que Rómulo acababa de construir. Rómulo deviene el primer rey de Roma.
La mitología griega también refiere la venganza entre los dioses. Destacamos, entre otros, la venganza de Zeus contra su padre, Cronos. El mito explica cómo Cronos se había vengado de su padre Urano derrocándolo del trono; en consecuencia se le profetizó que su hijo le destronaría. La reacción de Cronos fue la de comerse a todos sus hijos, de Urano, hasta cinco, para evitar el destronamiento.
Al nacer Zeus, la madre, Rea, le engañó, a Cronos, envolviendo una piedra en un pañal haciéndole creer que era el recién nacido. A Zeus le dejó en manos de unas ninfas, porque no soportaba perder más hijos. De mayor, Zeus, se vengó contra Cronos por lo que había hecho a sus hermanos y que le hubiera hecho a él, también. Le da a beber una pócima que le hace vomitar a todos sus hermanos. Después de 10 años de guerra, la Titanomaquia, Zeus y los dioses del Olimpo ganaron y Cronos fue destronado.
El psicoanálisis freudiano entiende la venganza como un conflicto entre las denominadas pulsiones, la pulsión de vida y la de muerte. Dicho de otro modo, entre el amor y el odio, entre el deseo de reparación y la necesidad de destrucción. Freud pensó que la mente humana estaba movida por el denominado principio del placer que busca la satisfacción y rechaza la frustración. La complejidad mental humana le llevó a teorizar la existencia,también, de una pulsión de muerte, de destrucción.

En la respuesta vengativa se pone en marcha este impulso negativo que parte de la necesidad de controlar el trauma, el daño sufrido. El sujeto transita de víctima -del daño- a agente vengativo: el interés es transmutar el sufrimiento. Pero, el daño no desaparece, pese a cierta satisfacción momentánea de la rabia, sino que se perpetúa y, además, puede aparecer el sentimiento de culpa. Y el miedo a una respuesta vengativa secundaria a la venganza actuada. Toda respuesta violenta genera el miedo a la venganza; es un círculo vicioso. Asimismo, la venganza trata de restituir la herida narcisista que el mal sufrido provoca en el yo. El yo atacado previamente, se siente desvalorizado, humillado. La venganza es un intento de auto-reparación de la imagen dañada de sí mismo.
Esta situación mental se interpreta que ya aparece en la mente de los bebés. En el sentido de que los bebés ya perciben tanto la gratificación como la frustración y actúan en consecuencia. Si están ante la satisfacción, la respuesta es la gratitud. Si se encuentran con la frustración, la respuesta es el ataque destructivo, la venganza. Son las respuestas humanas, por defecto, desde el principio. La maduración psíquica puede permitir la contención de la tendencia a la acción retaliativa y transitar hacia la elaboración de la pérdida, tolerando la frustración.
Las investigaciones neurocientíficas confirman que la respuesta vengativa se inscribe en la biología cerebral humana aparte de reflejarse en las construcciones morales de las civilizaciones. La neurociencia avala que la venganza -incluso la imaginada- activa las regiones cerebrales relacionadas con el placer, la recompensa, la gratificación y la motivación. El núcleo accumbens y el córtex prefrontal ventromedial.
La respuesta vengativa puede ser interpretada como una acción de gratificación subjetiva, inicialmente. La neurociencia ha mostrado cómo se produce una respuesta placentera, en términos dopaminérgicos, al observar o ejecutar un castigo justo, en una situación experimental. Dominique De Quervain y sus colegas de la Universidad de Basilea, en 2004, lo acreditaron. Sin embargo, la satisfacción resulta efímera, la activación del circuito de recompensa se extingue rápidamente. Por el contrario, las áreas vinculadas a la rumiación y al resentimiento permanecen activas más tiempo: la amígdala y el córtex cingulado anterior. Hay quien ve en este aporte neurocientífico una confirmación de la explicación psicoanalítica.
La amígdala es el centro del procesamiento del miedo y la agresión. Cuando nos sentimos heridos o amenazados se activa impulsando al sujeto a la acción protectora. Por otro lado, el córtex prefrontal se activa cuando la persona busca razonar, empatizar, autocontrolarse. Ante la posibilidad de la venganza, se produce un conflicto entre estas zonas cerebrales. En función de la intensidad de la respuesta emocional vengativa, de la amígdala, habrá mayor o menor dificultad de respuesta racional, del córtex prefrontal. Una mente dominada por las emociones vengativas entrará en un bucle cerrado de pensamientos negativos, en un circuito cerrado de rumiación. Con la consecuente activación del sistema del estrés, del cortisol y de la adrenalina.
El sufrimiento es previo a la venganza. La venganza es una reacción al dolor del sufrimiento. ¿Qué pretende la venganza? La repetición del daño, a través de la acción. El perdón es la antítesis de la venganza; comporta una transformación simbólica del daño y una renuncia a la acción retaliativa que supone la venganza. El perdón implica que el sujeto entra en el proceso de duelo que significa la pérdida sufrida y que pone límite al resentimiento destructivo. Elabora la pérdida resignificando el sufrimiento merced a la comprensión de lo vivido en su complejidad, incluso reconociendo el nivel de la propia participación. Sin que esto signifique justificar la agresión primera.
El perdón, bien mirado, es también, y ante todo, una forma de liberar al yo de su propio sufrimiento; no es ninguna concesión al otro. Quien perdona intuye que la acción vengativa perpetuará el sufrimiento, mientras que el perdón le pondrá límites.
Desde la neurociencia se entiende el perdón como una reconfiguración de los circuitos emocionales. ¿Qué reacción cerebral provoca el perdón? La reducción de la activación de la amígdala y el incremento de la activación del córtex prefrontal ventromedial. Zona relacionada con la empatía y la regulación emocional. Los estudios con resonancia magnética cerebral funcional muestran cómo la práctica del perdón correlaciona con niveles más bajos de estrés y más altos de bienestar.
La sublimación de la emoción vengativa llevándola hacia la expresión dentro de los límites del lenguaje, de la palabra, libera al sujeto del dolor. La creación artística, intelectual o ética ofrecen también un escenario de sublimación de las emociones destructivas vengativas. Todas las posibles manifestaciones de la sublimación representan, también, una aceptación de la fragilidad de la condición humana. Condición humana que se expresa en su capacidad destructiva y de infringir sufrimiento.
Los pacientes presentan múltiples ocasiones en las que la reacción vengativa es una tentación en sus vidas. Todo el mundo tiene situaciones vitales en las que puede sentirse herido por el otro y, de hecho, se siente. Empezando por el ambiente familiar, amigos, compañeros de trabajo, etc. La reacción emocional vengativa aparece en la consulta del psicólogo en muchas ocasiones, como respuesta al sufrimiento. Pero la consulta representa un escenario privilegiado para el paciente para poder entender los motivos del dolor antes que pasar a la acción vengativa. Y para sopesar las consecuencias emocionales secundarias a la expresión de la venganza por la vía de la acción retaliativa con el otro.
El psicólogo representa alguien que puede favorecer la realización del proceso de duelo que la acción vengativa parecería que no dejaría hacer. Ocasionando un sufrimiento añadido al primer sufrimiento. El trabajo elaborativo psicoanalítico invita al paciente a simbolizar el dolor, mientras la venganza lo actúa. La elaboración del sentimiento vengativo debe ayudar al paciente a reconocer que la venganza es, ante todo, una demanda de reconocimiento del dolor. Más que una pretensión de justicia.
La elaboración del duelo, antes que dar rienda suelta a la venganza, puede favorecer que la persona no se sienta sometida a la tiranía emocional destructiva. Si se gana la batalla del resentimiento hacia otro por el ejercicio de la comprensión y la ponderación de lo conveniente, el sujeto se libera. No queda recluido en el bucle del resentimiento que le encerraría en una negatividad estresante. Elaborar el duelo debe permitir la liberación de las energías positivas, de las emociones y acciones positivas que generen bienestar personal.