La pregunta ¿quién soy yo?

Resumen

La pregunta ¿quién soy yo? permite una profundización del conocimiento de si mismo. La realidad subjetiva está configurada de acuerdo con la dualidad entre un sujeto y unos objetos. Los contenidos mentales, pensamientos, sentimientos, emociones, percepciones, sensaciones son posibles en la presencia subjetiva, ante un sujeto. Este sujeto puede inquirirse sobre quién es el que tiene esa población de objetos ante sí mismo. Es decir, ¿quién es el que tiene ante sí esa realidad subjetiva? Los efectos de esta conscienciación son de cierta disminución de la intensidad de la reactividad emocional. La percepción del yo aporta una intuición respecto a la apreciación no dual de la realidad.

La pregunta “¿quién soy yo?” remite a la consideración de nuestra identidad. Tenemos experiencia de nosotros mismos de diversas formas, por diversas vías. Nuestro yo es nuestro inseparable compañero. La experiencia de nuestra identidad subyace a todas y cada una de nuestras experiencias.

Las actividades subjetivas.


Las experiencias que nos son posibles deben enmarcarse en nuestras actividades mentales. Todo el abanico de nuestras experiencias, de las más físicas a las más espirituales, pasa por el registro de nuestra captación mental. Así, nuestros sentimientos, emociones, pensamientos, sensaciones o percepciones, son posibles manifestaciones mentales. Y todo el abanico de nuestra subjetividad, de nuestra mente, es posible porque existe un yo que lo sostiene.


Si estoy sintiendo un sentimiento, de la naturaleza que sea, soy yo, al fin y al cabo, quien lo siente; por ejemplo de amor. Si siento una emoción, la que sea, soy yo quien la siento; por ejemplo de odio. Si tengo un pensamiento o una idea, soy yo quien lo tiene, soy yo quien lo piensa; por ejemplo sobre la libertad. Si tengo una sensación, por ejemplo de disgusto, soy yo quien la tiene. Si tengo una percepción sobre cualquier aspecto de la realidad, soy yo quien la tiene; por ejemplo, una percepción de la luz. En definitiva, todas las posibilidades que me permite realizar mi mente pueden llevarme a tener conciencia de mí mismo. Es esa conciencia de mí la que me permite interrogarme a propósito de mi yo: ¿quién soy yo?


Yo puedo tener noción de que tengo una idea, una sensación, un sentimiento, una percepción, una emoción. Y no puedo ser consciente más que de la realidad que impregna mi mente que puede quedar absorta por la fuerza de la realidad mental. Por ejemplo, puedo quedar seducido por la idea de la libertad o por la emoción de odio. Mientras quedo poseído por el contenido mental, puedo ser inconsciente a la pregunta ¿quién soy yo? El sentimiento, el pensamiento, o no importa qué otra actividad mental sea, puede ocupar todo el espacio de mi conciencia.

La pregunta: ¿quién soy yo?


Nuestra experiencia subjetiva nos puede llevar a dar un paso más separándonos, eventualmente, del contenido de nuestra realidad mental. Y aquí es cuando puede aparecer, en la superficie de nuestra reflexividad, el interrogante: ¿quién soy yo? Yo puedo tener un pensamiento, pero al tenerlo, puedo mirarme el pensamiento, a cierta distancia, y dirigir mi atención hacia el yo. ¿Quién es quien está teniendo ese pensamiento? ¿Dónde se produce este pensamiento? En mí. ¿Y quién es mí? Yo. ¿Y quién soy yo?


De esta forma se puede producir un ensanchamiento de mi realidad subjetiva. De forma que puedo hacerme consciente de este sustrato que hace posible, en realidad, toda la gama de mi interioridad. El común denominador de todo, el yo. Este yo que puede ser captado de forma intuitiva por un espacio de tiempo reducido; usualmente, durante el lapso de tiempo entre dos pensamientos.


La pregunta por el yo puede abrir la puerta a la conciencia de que nada es posible que sea sin el yo. Toda la realidad es posible mientras hay un yo que la hace real, dicho de otra manera, en el sustrato de quien, se hace real. Esta conciencia abre la puerta a una vivencia subjetiva de interioridad que se arraiga en la conciencia del ser.

Rostro dorado con mirada. La pregunta ¿quién soy yo?

La conciencia del yo.


La conciencia del yo también abre la puerta a la percepción de la dualidad en la que se despliega nuestra operativa mental. El yo ocurre en un escenario en el que no está solo, sino que aprecia ante sí el mundo de los objetos. Yo tengo conciencia de mí y de mi yo teniendo un pensamiento, un sentimiento, una emoción, una percepción, una sensación. La conciencia del yo, que dura el tiempo que dura, toma conciencia de que el yo está acompañado de objetos. Objetos que no aparecen más que delante de un sujeto.


En este espacio de intuición del yo, del yo que subyace a nuestra realidad personal, se hace evidente que el yo se transforma. Se transforma en un escenario de dualidad en el que aparece un sujeto frente a varios objetos. La mayor parte del tiempo los objetos ocupan la mayor parte del mundo subjetivo; la menor parte, la conciencia subjetiva, la conciencia del yo.

Efectos de la concienciación del yo.


Esta dirección de la atención hacia el yo, comporta unos efectos ya que representa una novedad respecto a lo que la actividad mental suele hacer. ¿Cuáles? La atención mental, por defecto, está orientada a la exterioridad y, en particular, a la exterioridad del yo. La dirección de la atención hacia el yo puede comportar un descubrimiento de un paisaje interior -aparentemente- desconocido que resuene en forma de serenidad.


Si se hace posible un cierto distanciamiento de la experiencia cognitiva y emocional, de los contenidos mentales de la misma, deben haber consecuencias. Una consecuencia verosímil es la creación de un espacio interior de menor reactividad emocional. De mayor desapego respecto a la resonancia de los objetos, externos o internos, en la propia subjetividad.


Es como si se produjera una toma de conciencia de la mayor profundidad de la propia identidad. No toda mi realidad depende de la población de los objetos que configuran mi mente. No tengo por qué ser esclavo de los objetos mentales y, en especial, de la intensidad de la reacción que estos objetos despiertan en mí. Siempre puedo ampliar el registro haciendo conciencia de la realidad en la que los objetos aparecen: la realidad del yo. Así, se puede producir también una mayor libertad interior, una mayor comodidad interior, respecto de los reclamos que pueden aparecer en nuestra mente.

La dualidad interior.


La pregunta sobre el yo puede ampliar la concienciación de la realidad interna subjetiva. No sólo porque aporta o incrementa la conciencia del yo, sino porque también incremente la conciencia de los objetos mentales, que aparecen en el yo. En consecuencia, que se afine la percepción, también, de los conflictos emocionales que acontecen en la realidad subjetiva. Así, la conciencia del yo también puede ayudar a la toma de conciencia de los puntos oscuros del sujeto para destinar la atención que proceda. Incluida la atención psicológica.


A mayor luz interior sobre la realidad mental, la que proviene de la conciencia del yo, mayor posibilidad de reflexión sobre esa realidad mental. Mientras las energías personales estén dirigidas a la resolución de los conflictos íntimos de quien los percibe estaremos, aún, en el mundo de los objetos. Con todo, la elaboración mental de estos aspectos internos puede favorecer también el afinamiento de la conciencia del yo. Al producirse un mayor serenamiento de la reactividad emocional subjetiva y dejando la mente menos atrapada en sus reclamos.

El yo, escenario de no dualidad.


El escenario mental es un escenario de dualidad: la dualidad que configura la mente subjetiva poblada por contenidos mentales. Contenidos mentales que son categorizados como objetos que aparecen frente a un sujeto. Pero ese sujeto puede inquirirse sobre la propia subjetividad y preguntarse por sí mismo, por el yo.


Si puede permanecer en la pregunta, mejor dicho, en la percepción de quién pregunta, se puede abrir una conciencia de no dualidad. En la que no aparece la escisión entre un sujeto y unos objetos. Sino una presencia de yo, o del ser, en la que no es necesaria ninguna población de objetos frente a un sujeto. La presencia de una sola realidad, de una única realidad, del ser como sustrato de la diferenciación self-objeto.


La percepción del yo aporta esa intuición respecto a la apreciación no dual de la realidad. Aunque las palabras nunca son adecuadas para expresar este misterio de la hondura de la experiencia del yo. El yo que siempre subyace a toda experiencia subjetiva, tanto si tenemos conciencia como si no. Tanto si utilizamos palabras para acercarse a ellas como si, mejor, no hablemos de ello pero si captemos su misterio que todo lo impregna.

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