La reflexión sobre los conceptos del ser y la nada se inscribe en el ámbito de la metafísica. En nuestro mundo occidental la metafísica se origina en el siglo IV a.C., con Aristóteles, de manera sistemática. Aunque con anterioridad, tanto los filósofos presocráticos, como Sócrates y Platón -el que más- habían hecho incursiones en la metafísica sin llegar a la sistematización aristotélica. En oriente, la metafísica está implícita en las obras filosóficas del hinduismo y del taoísmo chino y son muy anteriores a los textos griegos. Toda la reflexión humana posible, sobre el ser y la nada -y sobre cualquier otro tema- necesita del lenguaje y, consecuentemente, del sujeto humano; habitado como está por un cuerpo y una conciencia que le condicionan. La pregunta sobre el ser remite a una estructura de lo real, siempre presente, inmanente. La pregunta sobre la nada, inicialmente puede ser respondida como la negación del ser. Con posterioridad se ha entendido la nada como el horizonte de posibilidad del ser; como océano de la existencia. La escuela de Kioto, en particular, entiende la nada como espacio en el que ocurre la realidad entera.
La reflexión a propósito del ser se inscribe en el ámbito de la metafísica. Aristóteles fue el primer autor que inició la reflexión metafísica en nuestra era, en el mundo occidental. Precisamente, refiriéndola al estudio del ser en tanto que ser. Enfrentar al ser y la «nada» es el efecto de la reflexión del sujeto humano inmerso como está en la realidad que le envuelve.
La metafísica occidental, como reflexión sistematizada, podemos emplazarla, originariamente, en el siglo IV a.C. Época en la que vivió Aristóteles (384a.C. y 322a.C.) que fue discípulo de Platón en la Academia de Atenas. Pero los filósofos presocráticos, hacia el siglo VI a.C., también hicieron metafísica: buscaban, mediante la razón, encontrar el “arché” (ἀρχή), principio de todo, origen del cosmos.
En la escuela de Mileto, los primeros presocráticos, buscan cuáles son los principios de la realidad: Tales («agua»), Anaximandro («ápeyron», lo indefinido), Anaxímenes («aire»). Con posterioridad, los pensadores del cambio, entre ellos, Heráclito, propone «el cambio» (pantarei) como principio. La escuela eleata, con Parménides y Zenon, defenderán la tesis contraria: el cambio es una ilusión, la realidad es una, inmóvil e indivisible. Leucipo, y su discípulo, Demócrito, «atomistas», defenderán que la realidad está formada por átomos indivisibles y vacío.
La escuela pluralista (Empédocles, Anaxágoras) pensará, por el contrario, que la realidad no está formada por un solo principio, sino por varios elementos. Empédocles: «tierra, agua, aire, fuego». Anaxágoras: homeomerías organizadas por la mente (νοῦς) forman el cosmos.
Sócrates, emplea aspectos de la reflexión metafísica, pero su reflexión no se centra, sino en la reflexión ética: cómo vivir. Así, se transita de la reflexión sobre «de qué está hecho el mundo», a la de «cómo vivir». Su reflexión, en tanto que busca definiciones universales, podríamos decir que es proto-metafísica y preparará el terreno de la reflexión platónica. Será el puente entre los presocráticos, ocupados en la physis (Φύσις), y los metafísicos: Platón y Aristóteles.
Platón (427a.C.-347a.C.) busca armonizar la tensión entre la postura de los presocráticos del cambio y la escuela eleata. Sostendrá un dualismo del mundo sensible, donde aparece el cambio, y el mundo inteligible, donde existe inmutabilidad, eternidad. El mundo de las ideas es el fundamento de la realidad.
Platón también reflexiona a la manera de la metafísica sin llegar a la sistematización de Aristóteles: no va más allá de encontrar la división entre la causa primera, inteligible, y las causas segundas, sensibles. Aristóteles sistematiza la metafísica focalizando la reflexión sobre el ser, en tanto que ser, y buscando los principios últimos de la realidad física. De hecho, el nombre “metafísica” proviene de la ubicación que Aristóteles asignó a los libros sobre la filosofía primera: meta-física. Los tratados que pretenden ir más allá de la física, es decir, penetrar en lo que está más allá del ser físico como tal. Explorando lo que no cambia, lo inmutable.
La realidad está formada por sustancias, que existen por sí mismas, dotadas de esencia (lo que es la cosa) y de accidentes (lo que puede cambiar). Otras nociones aristotélicas son: potencia y acto; esencia y existencia, causa y efecto. A la metafísica le correspondería estudiar los primeros principios, las causas primeras, las determinaciones del ser, en tanto que ser. Desarrollando la ontología, el estudio de los entes y del ente en tanto que ente.
Cuando se estudia las características del primer motor inmóvil, Dios, se estaría haciendo teología. Porque en Aristóteles es necesario suponer la existencia de Dios como primer motor, causa primera, de toda la serie de causas segundas de lo real.
La metafísica oriental es anterior. Se sitúa la reflexión metafísica del mundo oriental en torno a 1500 a. y 500 a.C. Concretamente, en la India, la metafísica es un aspecto inherente de los textos sagrados, de los Vedas y de las Upanishads. El Rig Veda, por ejemplo, está datado entre 1500 a.C. y 1200 a.C. Samaveda y Yayurveda, entre 1200 a.C. y 900 a.C. Atharveda, 1000 a.C. y 500 a.C. Por el contrario, las Upanishads, entre 800 a.C. y 500 a.C.
Ninguno de los textos sagrados hindúes es ningún tratado de metafísica. Los Vedas proponen himnos, rituales y reflexiones que las Upanishads desarrollan en forma de textos filosóficos que buscan el conocimiento interior y la verdad última. La realidad última es Brahman; mientras que el alma individual es Atman. Pero el jnani realiza la identidad de Atman con Brahman. En consecuencia, la apariencia de la realidad no es más que ilusión. Lo verdaderamente real es Brahman, el Absoluto.
El taoísmo chino data de los siglos VI a.C. y V a.C. Laotsé, autor del Tao te king, vivió en el siglo VI a.C. Zhuangzi en IV a.C. Ninguno de estos dos pensadores taoístas hace ningún tratado de metafísica. Sus obras se inscriben en la guía para vivir una vida acorde con la naturaleza; guía que comporta elementos propios de la metafísica. Se trata de alinear la vida de acuerdo con Tao, el principio que origina todo y que es en toda la realidad.
Hablar del ser, referirse a él, comporta necesariamente el uso del lenguaje humano. Así, todo lo que pueda decirse sobre el ser será fruto de la reflexión humana, será fruto del uso de la capacidad de representación mental. Es más, requerirá, también, necesariamente, de un sujeto que la sustente; de una subjetividad que afirme qué contenido sea referido al ser. Por tanto, lo que se pueda predicar sobre el ser será un predicado subjetivo de un ser humano insertado en un espacio-tiempo determinado.
El ser humano se despierta en la vida dotado de cuerpo y de conciencia. Este simple hecho, el tener cuerpo, lo ubica en el espacio y el tiempo. En el espacio-tiempo se ve abocado a la posibilidad de percepción sensorial, de los sentidos, que le dan la opción de percibir realidades distintas. A las que puede darles nombres diferentes, en tanto que realidades individualizadas, separadas unas de otras. La capacidad perceptiva le empuja hacia la afirmación de un montón de objetos que son percibidos como estando en el mundo, siempre ante un sujeto.
La capacidad de conciencia, de ser consciente de su estar en el mundo, le permite utilizar la reflexión. Reflexión que se articula en torno a la capacidad de hacerse preguntas. Entre ellas, la pregunta sobre el ser de las cosas. El ser de las cosas, o el ser a secas, es algo escondido, no es algo que se impone a la conciencia, como se imponen los datos perceptivos. Bien mirado, el ser está inmediatamente presente por sí mismo, puesto que es una estructura de lo real, siempre presente. Que acompaña a todas y cada una de las percepciones, de manera inmanente. Incluida la consciencia que está en el mundo que la interpela es inmanente al ser. El ser es, y está siempre siendo.
Una respuesta plausible -no la única- es que la «nada» es la negación del ser. Desde este vértice, la «nada» no sería ningún ser -de lo real- sino una aseveración de la lógica racional subjetiva. El resultado de un juicio racional. Debemos recordar la afirmación de Parménides: «sólo el ser es, y el no ser no es». Que otros filósofos han formulado de manera distinta: «de la nada, no proviene nada». Bergson afirmó que la «nada» no se puede imaginar ni pensar -como algo en sí.

Todo lo que se pueda decir del ser o de la «nada», no es sino una aseveración subjetiva. Depende de la capacidad del sujeto que afirma el ser, o de quien lo niega, afirmando la «nada». De otra forma, el ser y el no ser, y la «nada», permanecen como en una especie de limbo indeterminado de posibilidad. Se podría decir, en el que la «nada» y el ser se identifican, puesto que no ha aparecido la diferenciación. Éste sería el planteamiento de Hegel, que atribuye al ser y a la «nada» la misma falta de determinación. La absoluta inmediatez del ser le ubica en el mismo plano que su negación, la «nada».
El pensamiento cristiano había ubicado la «nada» como origen del mundo creado, desafiando los planteamientos presocráticos eleatas. Dios habría creado el mundo a partir de la «nada», «ex nihilo». La «nada» habría sido la fuente de posibilidad del ser. Heidegger también sostendrá que la «nada» no es la negación del ser, sino lo que posibilita el «no» y la «negación». Atribuyendo a la «nada» la condición de ser el elemento que acoge la existencia. La «nada» sería una suerte de océano donde flota la existencia. La «nada» tendría, también, categoría ontológica.
La escuela de Kioto (Japón), con Kitarō Nishida (fundador), Keiji Nishitani y Hajime Tanabe, intenta responder a la pregunta sobre el ser y la «nada». La «nada» no es un vacío o una ausencia, sino el último fondo de la realidad, el campo en el que todo aparece y desaparece. La perspectiva de la escuela de Kioto concede a la “nada” un papel creativo, de apertura total.
Nishida entiende que lo determinante es la idea de campo (basho), que es como el espacio en el que ocurre toda la realidad. Incluso los pensamientos y el yo individual, que no están separados de la realidad entera. En este espacio, no hay separación de sujeto y objeto u objetos. Para la perspectiva occidental está claro que uno percibe el mundo y las cosas que aparecen a la conciencia individual, al yo. La escuela de Kioto, y el budismo en general, sostiene que todo existe en un «basho» más fundamental, que es la «nada». En este lugar (basho) no hay separación, todo está interconectado; aun el yo individual, es un aspecto más que flota en el campo global. Este espacio acoge toda la realidad, la que aparece y la que no. El yo, la conciencia, y las cosas del mundo; todas interconectadas.
La práctica del zen permite realizar esta aseveración, especialmente cuando se tiene la experiencia del kensho. Kensho supone haber trascendido la dualidad del pensador y lo pensado, del perceptor y lo percibido, dentro y fuera de la práctica zen. Esta experiencia afirmaría la realización de la «nada» como espacio de posibilidad de todo, como visión de la propia naturaleza.
Los conceptos de “ser” y de “nada” tienen significados diferentes según sea la perspectiva que se adopte. El ser puede ser visto como lo inmediatamente presente, lo inmutable, lo que está más allá -y más acá- de las diferencias del mundo físico. La nada, como la negación del ser. Pero también es posible entender cierta identidad de ambos conceptos en un horizonte de posibilidad anterior a la diferenciación conceptual. Desde esa perspectiva es plausible ver la nada como fondo de apertura a la realidad entera y del ser inmanente. Paradójicamente, el ser devendría nada, y la nada devendría ser. Posibilidad sólo plausible desde una perspectiva no dualista que supera la lógica de contrarios propia de la razón.