La proyección es un funcionamiento mental entre otros. La proyección hace atribuir a la realidad externa, al entorno, características que están en la mente de quien las proyecta. La proyección como mecanismo de defensa se caracteriza por la atribución al otro de los aspectos de la realidad interna propia que se hacen intolerables. Externalizarlos, los hace más tolerables para el yo. Con todo la proyección de la realidad propia en el entorno puede generar malentendidos en la interacción con los otros, por cuanto se está teniendo una percepción equivocada de la realidad. La proyección inconsciente es la que causa más conflicto con los otros. La consciencia de la proyección permite la asunción de la responsabilidad de la propia vida emocional y es signo de maduración; igualmente favorece los vínculos saludables.
La proyección es un proceso mental intrasubjetivo que se percibe, sin embargo, como perteneciendo al mundo exterior. Frecuentemente, este mecanismo de proyección es vivido como protección de impulsos o ideas propias del sujeto que le son inaceptables y son atribuidas al exterior. Cuando esto ocurre estamos ante la proyección entendida como mecanismo de defensa: los propios sentimientos, deseos, pensamientos se convierten en incómodos o difíciles de aceptar.
En psicología se entiende la proyección como la atribución de los propios intereses, estados afectivos, deseos, esperanzas, etc, al entorno. Este funcionamiento mental es la base de la comprensión de las respuestas a los tests psicológicos, denominados proyectivos, como revelaciones del mundo interno del sujeto. En estos tests la persona explorada refleja inconscientemente rasgos de su personalidad según la interpretación que da a un estímulo ambiguo. Entre ellos destacan: el test de Rorschach, el test de relaciones objetales de Phillipson, el test de apercepción temática de Murray, los test gráficos, etc.
En general se puede pensar que la percepción de la realidad está configurada de acuerdo con el continente mental de quien la percibe. El contenido de la percepción se adecuaría al continente, al recipiente. En este sentido, todos veríamos la realidad en función de nuestras categorías, intereses, aprendizajes. Así, los economistas tenderían a percibir la realidad en términos económicos, los políticos en términos políticos, los filósofos en términos filosóficos, etcétera. Los pesimistas de acuerdo con su pesimismo; los optimistas, lo opuesto; los apasionados, de acuerdo a su pasión, los indecisos de acuerdo con su indecisión. Cuando aplicamos la propia matriz, interna, a la realidad, externa, estamos atribuyendo al exterior, algo interior: proyectando los propios esquemas.
La parábola de los hombres invidentes y el elefante, de origen indio, puede asimilarse a este funcionamiento mental de la proyección. En la parábola seis hombres ciegos después luego de informarles que ha llegado al pueblo un animal desconocido, el elefante, se disponen a conocerlo. ¿Cómo? mediante el tacto. Al tocar una parte del cuerpo del animal, la trompa, la oreja, la pata, el costado, la cola, el colmillo, cada uno de ellos tiene una percepción parcial. Pero proyecta sobre la realidad total del animal su propia percepción, haciéndose una equivocada comprensión del elefante.
La mente humana está poblada por varios pensamientos, sentimientos, emociones, sensaciones, percepciones de los que tenemos tanto conciencia como inconsciencia. Se considera que el ser humano procesa entre 60000 y 70000 pensamientos diarios. Se estima que una parte muy importante de los cuales, cercana al 95%, son pensamientos automáticos o repetitivos. Igualmente que el 80% son pensamientos negativos.
La mente humana está diseñada de tal forma que busca el placer, la satisfacción, el bienestar y rechaza el dolor, el sufrimiento, el malestar. Una de las formas de gestionar la interioridad mental es, precisamente, la proyección entendida como mecanismo de defensa. Es decir, la proyección no sería más que una externalización de aquellos aspectos de la propia interioridad que resultan difíciles de llevar. En opinión del creador del psicoanálisis, Sigmund Freud, la proyección es un recurso que emplea el sujeto para reducir la ansiedad y proteger el ego. Lo interno insoportable se evacuaría al exterior, haciéndolo más llevadero. De ahí la importancia y la necesidad de la “defensa” como una protección para el yo, para reducir el sufrimiento.

Sería propio del funcionamiento mental, pues, la introyección de los aspectos placenteros, buenos, y la proyección de los aspectos displacenteros, malos. Está claro que lo malo, expulsado de dentro a fuera del yo, es más digerible para el yo, si es visto estando fuera del yo. Ciertamente, este mecanismo de externalización de los afectos negativos sería mayoritariamente inconsciente. En el trastorno paranoico la proyección alcanzaría niveles de masiva inconsciencia. En la fobia, la proyección sobre el objeto fobígeno sería un intento de gestionar la ansiedad. Cuanto más inconsciencia de la proyección que utilicemos más lejos se está del conocimiento de sí. Por el contrario, la conciencia del uso de la proyección abre la posibilidad del cambio y, por tanto, del crecimiento personal.
Usualmente atribuimos a otros emociones, sentimientos, que no somos capaces de ver en nosotros mismos. Así, por ejemplo, es el caso del sufrimiento por celos. Una persona puede tener celos de su pareja y llegar a controlarla o a sentir que le es -o le pueda ser- infiel. Hablaríamos de proyección, como defensa de sentir que es ella misma quien sufre de celos, o más aún, quien tiene fantasías de infidelidad. En ese caso, serían sus fantasías de infidelidad, inconscientes, las que le llevarían a la actividad de control de la pareja. Por ejemplo, por el miedo a que fuera la pareja quien realizara las fantasías de infidelidad que le serían propias.
La percepción de hostilidad hacia nosotros sería otro ejemplo. A menudo ocurre que en situaciones de vulnerabilidad emocional, por diversas razones, podemos tender a sentir que los demás están contra nosotros. Sería nuestra vulnerabilidad que nos haría temer que los demás pudieran ser agresivos, cuando en realidad sería nuestra indefensión la que lo provocaría. Al sentirnos frágiles podemos imaginar que quienes vemos fuertes pueden aprovecharse de nuestra debilidad; y externalizar esta creencia emocional. Cuando los demás podrían moverse de acuerdo con su configuración emocional, al margen de nuestro temor.
Otro ejemplo es el sentimiento de envidia. A menudo se puede tener la impresión de que los demás nos envidian por la razón que sea, obviamente, por razones envidiables. No se envidiaría algo negativo de otro. Podemos tener, incluso, la convicción de la envidia del otro. Lo que puede pasar desapercibido es que esa envidia percibida esconde nuestra propia envidia de ese mismo otro. Precisamente porque la externalización de la propia envidia está diseñada para distraernos de ver la nuestra, habiéndola evacuado en el otro. En este ejemplo se habría vaciado toda la envidia en el envidioso.
La proyección es un mecanismo de defensa, de protección del yo frente a la ansiedad, que se despierta por las dificultades de tolerar lo intolerable. Este hecho interno doloroso para el yo, utilizando la proyección, implícitamente, está provocando una distorsión de la realidad percibiendo el mundo de forma alterada, equivocada. Al menos, las creencias erróneas sobre el entorno, pueden llevar al yo a interpretaciones erróneas que favorezcan relaciones interpersonales conflictivas.
Los prejuicios serían una consecuencia patológica posible de la proyección al atribuir a los demás juicios negativos o estereotipados sin base racional. ¿Por qué? Porque podrían actuar como una forma de protección, o de evitar enfrentar sentimientos e inseguridades internas. La consecuencia lógica de ese uso de la proyección vuelve a ser la dificultad en las comunicaciones interpersonales. Si se atribuye a las demás apreciaciones que no responden a la percepción de la realidad sino al desplazamiento de afectos internos intolerables, el conflicto está servido.
Las relaciones tensas, disfuncionales, conflictivas, estarán en relación directa con el grado de inconsciencia del uso del mecanismo de proyección que tengamos. A mayor inconsciencia, mayor dificultad de establecer vínculos saludables. Por el contrario, a mayor conciencia mayor probabilidad de vínculos saludables y de salud mental. El bienestar mental estará en relación a la conciencia de la proyección; el malestar, con la inconsciencia.
Una de las máximas freudianas en relación con la finalidad del psicoanálisis, que consta en diversas obras, vigente todavía, decía «hacer consciente el inconsciente». En el caso que nos ocupa, la proyección como mecanismo de defensa, de lo que se trataría es de poder hacerse consciente de ella. Tanto en un tratamiento psicoanalítico específico -posibilidad más realista- como fuera de él, sin tratamiento alguno. El método psicoanalítico permite una comprensión de sí que es más directa, rápida y completa que la propia reflexión en solitario. La presencia del profesional lo favorece. El trabajo del mecanismo de la proyección enfrentará al paciente al contacto con heridas emocionales que forman parte de su inconsciente implícito.
En ambos escenarios, de lo que se trata es de reconocer la proyección que uno mismo está utilizando en una situación concreta. Identificar cuándo estamos proyectando nuestros propios sentimientos y pensamientos en los demás en lugar de juzgarlos, culparlos, será signo de maduración personal. La conciencia de la proyección favorecerá la responsabilización de la propia vida emocional, de las propias inseguridades, de los propios conflictos internos. Y de una mayor autocomprensión de uno mismo que, probablemente, llevará a una mayor estabilidad emocional y, en consecuencia, a unas relaciones interpersonales más saludables.