El silencio y la palabra en la comunicación

Resumen

La comunicación requiere del lenguaje para poder establecerse. Y el lenguaje precisa de la palabra, pero también del silencio para que la comunicación, verbal y no verbal, sea suficientemente comprensible. Mientras la palabra forma parte de la función denotativa del lenguaje, el silencio es parte de la función connotativa. Así como en la música, las notas musicales necesitan del silencio para ser bien entendidas, el discurso verbal necesita del silencio, de las pausas del silencio, para hacer comprensibles las palabras. En ocasiones, la comunicación no verbal -y el silencio- puede ser más elocuente que las palabras. Hablar con palabras con otro comporta un proceso de construcción subjetiva, o intersubjetiva. Se puede usar la palabra para la comunicación narrativa de experiencias, emociones y contenidos diversos a la vez que para la construcción de vínculos. El silencio puede ser el vehículo de una comunicación inconsciente para quien la transmite. En contextos psicoterapéuticos al psicoterapeuta le es primordial prestar atención al contenido latente, no sólo al manifiesto, que transmite su paciente. La escucha cualificada del analista debe ir al encuentro del significado de cada comunicación del paciente, sea la de la palabra, sea la del silencio. El silencio del analista contiene la comunicación del paciente; toda, la verbal y la no verbal.

La comunicación comporta un proceso de interacción entre sujetos, si pensamos en la comunicación humana intersubjetiva. Al menos, la interacción entre dos sujetos, pero pueden ser muchos más. Los humanos podemos comunicarnos utilizando el lenguaje verbal, la palabra, cuando queremos transmitir una información. Pero la comunicación comporta mucho más que la transmisión de información; más allá de la información, la comunicación implica la construcción de sentido. De ahí que el silencio sea el compañero de la palabra en la comunicación intersubjetiva.

El lenguaje de los humanos.

El lenguaje es un sistema estructurado arbitrariamente de signos lingüísticos que usualmente son secuencias sonoras y gráficas pero también gestos (lenguaje de signos). Esto aplica al lenguaje que emplean los seres humanos. Pero existen otros tipos de lenguajes. El lenguaje animal que utiliza señales visuales, sonoras y olfativas que serían los signos que apuntan a un referente o significación diferente de los signos. Los lenguajes formales que son construcciones humanas artificiales que utilizan símbolos en función de reglas formalmente especificadas. Por ejemplo, en las matemáticas, las ciencias computacionales y la lógica. El lenguaje humano sirve para la construcción de la realidad y de la atribución de sentido en el mundo que nos rodea. Este lenguaje es la base del pensamiento, la cultura y la organización social de las sociedades humanas.

Existe una gran diversidad de lenguas, idiomas, que manifiestan la capacidad de lenguaje que tiene el ser humano. El lenguaje humano sería la estructura general que comparten los diferentes idiomas en que se manifiesta. En esta diversidad de manifestaciones, los lingüistas perciben una funcionalidad común: la función connotativa del lenguaje y la denotativa. La función denotativa -o referencial- sería la que vehicularía la transmisión de una información objetiva. La función connotativa haría hincapié en significados adicionales a la literalidad de las palabras, de los signos. Enfocando en el emisor, se estaría atendiendo a la subjetividad de los mensajes (sentimientos, emociones, etc) y ésta se considera la función expresiva del lenguaje. La función conativa o apelativa es la que corresponde a la comunicación del emisor cuando desea influir o condicionar la conducta del receptor.

El silencio pertenece a la posibilidad de comunicación del lenguaje humano, en su función connotativa, para enriquecer el uso de la palabra. La interacción dialéctica entre la palabra y el silencio fecunda la comunicación humana, la ensancha.

El silencio, parte del lenguaje.

John Cage, compositor estadounidense que también era teórico musical, artista y filósofo, entendía que el silencio es parte de la música. Esta idea que tenía del silencio le llevó a componer su obra «4’33». Cuando es interpretada, el intérprete se sienta al piano sin tocar una sola nota durante cuatro minutos y treinta y tres segundos. Para Cage, el silencio es el espacio en el que respiran las notas, donde el mensaje se vuelve más profundo. Un silencio bien emplazado puede expresar algo más que una cascada de notas. En realidad, las notas musicales necesitan del silencio para ser entendidas. Una cascada ininterrumpida de notas no sería música, sería ruido.

En el lenguaje verbal también se da la necesidad del silencio. El discurso verbal necesita del silencio, de las pausas del silencio, para hacer comprensibles las palabras. El lenguaje de las palabras constituye el lenguaje verbal. Pero la comunicación no verbal incluye gestos, silencios, tonos de voz, posturas, etc. De hecho, la comunicación no verbal puede ser más elocuente que las palabras. Lo que es especialmente relevante en contextos psicoterapéuticos.

Otra posibilidad es el recurso del silencio escogido, conscientemente. ¿Qué se quiere comunicar con el silencio? Recordemos el primer axioma de la teoría de la comunicación humana gestada a partir de las aportaciones de Paul Watzlawick: «es imposible no comunicar». A partir de esta comprensión debemos pensar que siempre estamos comunicando un mensaje que puede ser interpretado por los demás. Lo que aplica, también, al silencio; aparte de las palabras, gestos, expresiones faciales, etc. ¿Qué comunica el silencio del emisor, de quien lo pone en práctica? ¿Y qué espera del receptor? ¿Qué quiere provocar en el otro?

El silencio, recurso de la comunicación.

En las comunicaciones interpersonales aparece el silencio. Y debe entenderse como un recurso más del elenco de posibilidades comunicativas. Es evidente que el silencio se convierte en un límite al uso de la palabra. Se puede tener la impresión de que la palabra no es suficiente para transmitir una comunicación. Si el adagio dice que «una imagen vale más que mil palabras», también, quizás, el silencio escogido en la comunicación puede expresar la misma idea. La insuficiencia o inadecuación de las palabras. Ciertamente, el silencio puede expresar multitud de contenidos emocionales y sentimentales de distinto signo que, en el mejor de los casos, pueden ser descifrados. Por el receptor.

En los contextos espirituales, el diálogo entre maestro y discípulo pasa a menudo por el uso del silencio. El maestro puede estimar oportuno recurrir al silencio para provocar en el discípulo el acceso al nivel espiritual, que está más allá de las palabras. Es sabido que Ramana Maharshi establecía la vinculación con sus discípulos con un uso preponderante del silencio sobre la palabra. Confiaba más en el poder del silencio para acceder a la experiencia advaita, no dual.

En el psicoanálisis, desde sus orígenes, se hace la distinción entre lo manifiesto y lo latente. Lo latente es lo que resulta inconsciente para el sujeto pero que se transmite de forma silente en las sesiones terapéuticas. La metodología psicoanalítica debe permitir que el analista capte lo que no se transmite con las palabras, de forma manifiesta. Sino lo que se transmite de manera silenciosa, de forma latente. El proceso psicoanalítico favorece la comunicación silente del inconsciente del paciente tanto como favorece al paciente el acceso al inconsciente, haciéndolo consciente. Ahora con la participación de la palabra del psicoanalista. Ambos procesos requieren del silencio como herramienta de gestación de la comprensión del inconsciente.

La palabra herramienta para la comunicación.

La palabra permite expresar múltiples contenidos mentales apelando a la función connotativa del lenguaje aparte de la transmisión puramente informativa. Ya lo hemos dicho: somos seres de lenguaje. Jacques Lacan, psicoanalista, entendía que el lenguaje es usado sobre todo para apelar al interlocutor, más que para transmitir información. Hans Georg Gadamer, filósofo, subrayaba que el lenguaje permite la construcción de la realidad. Sin embargo, el uso del lenguaje está inmerso en un contexto de interpretación. Lo que es válido tanto a nivel individual, como a nivel colectivo, de la cultura de la sociedad.

Se puede usar la palabra para la comunicación narrativa de experiencias, emociones y contenidos diversos a la vez que para la construcción de vínculos. Hablar con palabras con otro comporta un proceso de construcción subjetiva, o intersubjetiva, un proceso dialogal. Con el uso de la palabra se configura la forma en que se percibe la realidad, la propia, la ajena, ambas. La palabra utilizada permite dar significación a la realidad vivida. Corresponderá al oyente de la palabra la atribución del significado que el emisor quiere manifestar. Esta capacidad interpretativa necesariamente estará dentro de los límites que el contexto de posibilidad de comprensión impondrá a uno y otro. Es fácil verlo en el caso de dos personas que no hablan el mismo idioma, no pertenecen a la misma cultura o subcultura, etc.

El uso de la palabra puede estar a favor de la comunicación verdadera, genuina, auténtica, o a favor de la incomunicación, o de la comunicación defensiva. Evidentemente para establecer un valor u otro de la comunicación se requiere de un contexto de interpretación, o simplemente de una atribución de significado. Que debe ser compartido, mínimamente. La neurociencia ya ha dicho la suya, con el descubrimiento de las neuronas espejo, que permiten captar las intenciones del otro.

Silencio y palabra en la comunicación. Pareja dialogando.
Pareja dialogando

El contexto psicoterapéutico.

Desde Freud, los psicoanalistas han prestado atención a lo no dicho, a lo reprimido, a lo latente, a lo inconsciente; no sólo a la palabra. La palabra es vehículo de simbolización por cuanto transforma la experiencia en relato, pone orden al caos emocional y permite compartir con el otro. En el contexto clínico, la palabra vehicula la posibilidad de compartir con el profesional algo muy íntimo. El silencio también. En las sesiones psicoterapéuticas se debe prestar atención tanto a las palabras dichas como a los momentos en que el paciente se calla, permanece en silencio.

La escucha cualificada del analista debe ir al encuentro del significado de cada comunicación del paciente, sea la de la palabra, sea la del silencio. ¿Qué está comunicando el paciente con su discurso verbal y no verbal? Lo que el paciente explica y cómo lo explica, ¿con qué énfasis, con qué entonación, con qué postura corporal, etc; qué nos hace pensar? ¿Qué mueve en nuestro interior? ¿Y por qué nos provoca lo uno o lo otro? ¿Qué tiene que ver con él de su realidad vital? Y cuando se calla, ¿qué está provocando su silencio? ¿Qué cualidad tiene el silencio? ¿Es defensivo? ¿Es una resistencia? ¿De qué se protege? O, por el contrario, ¿es un silencio elaborativo? ¿Está trabajando lo que ha salido en la sesión y lo que se le ha dicho? En realidad, el silencio puede ser más terapéutico que muchas palabras.

Del lado del psicoterapeuta, el silencio puede representar un espacio contenedor de toda la realidad del paciente, de su comunicación, aquí y ahora.

Silencio y palabra en la psicoterapia.

En el espacio terapéutico el binomio silencio y palabra vehicula la comunicación dialogal entre paciente y psicoterapeuta. Es necesaria la palabra, especialmente la del paciente, para que la sesión psicoterapéutica se inicie y se abra el mundo interno del paciente, se escenifique. Es necesario el silencio del analista para contener la comunicación del paciente; toda, la verbal y la no verbal. En este silencio del psicoterapeuta se deben gestar las palabras que devolverá al paciente. Es el turno del silencio del paciente de acogida de la palabra del analista; silencio que debe permitir percibir qué se mueve dentro de él. Y poner en marcha el siguiente intercambio comunicativo, a través de la palabra y del silencio.

La psicoterapia psicoanalítica se convierte en un espacio en el que silencio y palabra se alternan, como en la comunicación interpersonal. Con la particularidad de que, en las sesiones psicoterapéuticas, el paciente puede decir, y callar, lo más íntimo de sí mismo en presencia de otro. Otro, el psicoterapeuta, que al no formar parte del entorno habitual favorece que se despliegue más libremente su realidad interna. El resultado de este escenario terapéutico es la posibilidad de ensanchamiento de la comprensión de sí. Favorecido por el uso del silencio y la palabra en la comunicación.

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